Era coraje puro. Guapo como pocos. Casi inmune al dolor. Toda su vida transcurrió entre los dolores terrenales y esos otras angustias espirituales que te clavan los días de soledad, sin padres, sin comida.
Y así vivió con la furia de los que llegan rápido, viven acelerados y se acaban pronto. Son talentos de tiempo limitado. Como si el trayecto de recorrido, debiera ser corto y a máxima velocidad.
Había nacido el 14 de octubre de 1953, en San Rafael. Y Mario Alberto Ortiz contaba: “Tenía 8 años y me quedo solo. Comía salteado. Un día llegó un camionero de La Pampa y le pedí que me llevara; me daba lo mismo un lugar que otro. Llegué a La Pampa y creí que era otro mundo. Estuve seis años. Jugaba al fútbol y lo hacía muy bien. Pero un día alguien me dijo si quería boxear”.
Y sigue: “Fui a un club y me vieron que me movía bien. Era un miércoles. Y el viernes me hicieron debutar contra uno que tenía 20 peleas de amateur. Yo andaba por los 13 años y no sabía pararme arriba del ring. Fue empate y quedaron encantados. A los 15 días me hicieron combatir de nuevo y gané por puntos. El asunto no me gustaba mucho porque al no saber mucho, recibía algunas manos duras”.
Se hizo boxeador
La historia continúa en Mendoza: “Me volví a San Rafael y estaba el entrenador Héctor Mora promocionando el boxeo. Le conté que había peleado dos veces y casi se muere porque me vio y me dijo que no sabía ni pararme. Comenzó a corregirme y ahí me hice boxeador. Me vine con él a la capital de Mendoza y desde ahí no paré. Arriba del ring me descargo y pego. Pego mucho… es mi revancha y espero que le sirva para que algún huérfano que ande por ahí, no tome por la variante. Que pelee”.
Como aficionado llegó a los 45 combates y sólo perdió 3 veces. Se clasificó para los Juegos Olímpicos de Munich 1972 y quedó eliminado en la segunda ronda. Como profesional debutó en junio de 1973 y ganó por nocaut en Tunuyán. Continuó su campaña con su pegada fuerte ganando casi siempre por la vía rápida entre los rings de tunuyaninos y de la Federación de Box, en el estadio Pascual Pérez, de la capital mendocina. Los rivales eran cada vez más difíciles como el experimentado Cachín Méndez pero la carrera de Ortiz seguía su rumbo.
El Cirujano
En una noche, tras una de esas peleas definidas rápidamente por Ortiz, charlaban los periodistas Roberto Suárez, Pablo Rodríguez y Enrique Romero, sobre un posible apodo para este boxeador. Dicen que fue Suárez el que largó ¡Cirujano! Por sus manos filosas, que varias veces cortaban las caras de sus rivales. Y le quedó Cirujano.
Sus peleas en la calle Mitre llenaban el estadio y su fama lo llevó a pelear en el Luna Park en agosto de 1975, en donde su actitud ofensiva, con cierta diferencia a la escuela de la defensa mendocina, también lo convirtieron en un peleador taquillero. En marzo del ’76 perdió su primera pelea frente a Jorge Polvorita Gómez, por puntos. Después se tomó revancha y siguió noqueando. Su nombre ya aparecía en los rankings mundiales de los livianos juniors (hasta los 60 kg).
Ganó con una mano
El muchacho mendocino a los 24 años apuntaba para llegar alto a nivel mundial. En su pelea 33 en el Luna Park, el 10 de setiembre de 1977, enfrentó al uruguayo Gualberto Valdez. En el segundo round tiró un golpe tan fuerte que después del impacto sintió un gran dolor en el brazo derecho.
Crujieron sus huesos y luego el parte médico dijo que fue “fractura con minuta del tercio medio derecho desplazado”.
La molestia fue cada vez mayor y comenzó a sentir pinchazos en los músculos. Sobre la lona del ring del Luna Park el mendocino continuó peleando como un gladiador romano. Herido y con una mano que no tiraba golpes y con un brazo que en cada round levantaba menos.

El periodista Roberto Suárez contó: “Fue histórico, La pelea que más me costó relatar en mi vida. Porque estando al lado del rincón de Mario, en nuestro puesto de transmisión de Radio Nihuil, Héctor Mora me señaló lo que pasaba. Fue espectacular”.
Cherquis Bialo fue otro de los que vio esa pelea y escribió en El Gráfico: “Nadie olvidará esa pelea. Aunque la afirmación parezca atrevida, basta con repasar las caras, gestos, actitudes, gritos y el asombro de todos los espectadores para saber que todo lo que ellos vieron difícilmente se corre de su óptica y sensibilidad”.
Esa noche Mario Cirujano Ortiz demostró la guapeza en toda su dimensión. Quebrado y dolorido ante un adversario entero físicamente, ganó produciendo la admiración el público y cada vez que tiraba la zurda en todas las formas (gancho abajo, cross arriba o directo) iba destruyendo la defensa de Valdez.
Lo tiró dos veces y en la caída del octavo round lo salvó la campana. Y los golpes del Cirujano en el noveno dejaron al uruguayo parado y sin reacción lo que motivó que el árbitro parara la pelea y la vez voló la toalla.
Mario Ortiz había hecho posible ese desafío popular de “Te peleo con una mano y te gano”.
Esa noche obtuvo el diploma del coraje. El Gráfico tituló “Con un brazo de oro y el otro fracturado”.

La última pelea
Llegó el tiempo de la recuperación y luego la reaparición fue el 26 de junio de 1978, un día después del título que había logrado el seleccionado argentino frente a Holanda con la estupenda participación de Mario Kempes como goleador y mejor jugador del Mundial.
El 21 julio tenía programada otra pelea frente a Polvorita Gómez y los días previos le dijo a Héctor Mora: “No me siento bien, me duele mucho la espalda, me parece que tengo una molestia en la cintura. No estoy con ánimo ni fuerzas para trabajar. Mejor paramos unos días hasta que me sienta mejor”. Eso le contaba Mario Ortiz al periodista Félix Suárez. Fue el principio del fin.
El 25 de julio tenía dolores muy agudos en la espalda e insensibilidad en las piernas y comentó: “Me parece que no puedo caminar”. Había perdido la movilidad de ambas piernas y debió ser operado. En la Clínica Mitre se informó, tras casi 5 horas de operación: “Se le extirpó un tumor ubicado en una vértebra, que será sometido a un examen patológico”. El cirujano que dirigió la operación hizo una descripción de la cruda realidad: “Demos gracias a Dios, si Mario Ortiz puede volver a caminar”.
Fue trasladado al Hospital Español en donde pasó los días del post operatorio y tuvo una grata sorpresa el 16 de agosto.
Valencia ya había jugado en Córdoba y en Rosario y tenía su último partido de la gira frente a Gimnasia y Esgrima, en el estadio Mundialista. La figura de Mario Kempes era la mayor atracción. Felman había estado en Valencia y había vuelto a Boca para jugar el segundo partido de la Copa Intercontinental frente a Borussia Mönchengladbach el 1 de agosto.
Ver también: Felman express: de Valencia a Boca para ser campeón y volver
La delegación de Valencia llegó el miércoles 16 con Felman, comprado en forma definitiva y así se reincorporaba al equipo español. Apenas pisó el hotel, Darío Felman enfiló al Hospital Español, sus pasos se dirigieron por el pabellón 1 y fue a la sala 10. Se encontró con su amigo Mario Ortiz y abrió el paquete que llevaba. Era la camiseta número 11, mangas largas, que usó en el primer tiempo contra Borussia, con la que hizo el primer gol el 3 a 0, en esa etapa de 45 minutos fulminantes.

Y Darío contó en diario Mendoza: “Esta promesa me la impuse en Alemania. No podía fallar. Ahora la hago realidad. Me propuse venir a verte apenas llegara a Mendoza y esta camiseta que te entrego tiene su historia. Es la del primer tiempo y la guardé para vos. Sabía que al terminar el partido la iba a cambiar con un alemán por eso guardé esta. Ya tenía su dueño y eras vos”.
También le dio un banderín de Boca Juniors firmado por todo el plantel que viajó a Alemania, “Era un recuerdo para mí porque me fui de Boca, pero primero está el amigo y más que eso, un hermano. Por eso es tuyo para que me recuerdes”.
El feriado del jueves 17 de agosto de 1978 el estadio Mundialista presentó un panorama espectacular con 47 mil personas y Valencia superó a Gimnasia y Esgrima (reforzado) por 3 a 0 con dos goles de Felman y uno de Kempes.
Después del partido Darío fue otra vez al Hospital Español a despedirse de su amigo Mario y al aparecerse en la habitación le dijo: “Mirá a quién te traje”. Y apareció la figura de Mario Kempes. El Cirujano tenía la camiseta de Boca puesta y había colgado el banderín en la pared. Le señaló al cordobés los regalos: “¿Qué te parece lo que me trajo Darío?. Y ahora venís vos que fuiste el mejor del Mundial. Estoy rodeado de campeones mundiales”. Tenía una sonrisa de oreja a oreja.

Charlaron un rato largo y le inyectaron la confianza de la mejoría. Llegó la hora de partir, Felman le dijo a Ortiz: “Haga la promesa que quiera que la vamos a hacer juntos”, y Kempes se despidió: “Chau Mario, te espero por España cuando estés bien”.
Mario acostado los miraba con emoción y dijo: “Chau hermano, qué verdad encierra ese póster que está en la pared: ‘La felicidad es tener amigos’, gracias por venir. Chau, muchachos”.
El Hospital Español estaba revolucionado con las visitas ilustres, nadie del personal quería quedarse sin autógrafo y así Kempes campeón Mundial con Argentina y Felman, campeón Intercontinental con Boca, se iban horas después rumbo a España.

A Ortiz le quedó ese recuerdo y no paraba de contar sobre las visitas que había tenido, por esos días de agosto. La sonrisa de Mario se fue desdibujando y su físico se deterioraba cada mañana, cada hora.
Su récord quedó en 34 peleas, 31 ganadas (24 nocauts), 1 perdida y 2 empates. Mientras se apagaba su vida crecían las remembranzas de los que habían visto el coraje del Campeón Argentino arriba de un ring.
Sus huesos invadidos de la crueldad de una enfermedad lo mantenían más calmo, más quieto y un 11 de setiembre de 1978, el físico con 24 años, de Mario Cirujano Ortiz se inmovilizó para siempre. Era coraje puro. Guapo como pocos. Casi inmune al dolor…
