Buenos días, a pesar de todo. La soledad no está considerada una enfermedad. Claro, si nos atenemos a que una enfermedad es algo que se involucra con nuestro físico o con nuestra mente, entonces, la soledad no cumple con el manual. No está en el vademécum y no reconoce fármacos específicos. Uno no puede ir a una farmacia y pedir: “Deme dos pastillitas contra la soledad, por favor”.
Ni siquiera las viejas sabedoras de nuestro campo pueden decirnos: “Mire m”hijito, la soledad se le va a pasar si se pasa por el pecho este ungüento de sangre de iguana, ruda macho, guano de cabra y un toquecito de aloe vera, que siempre viene bien”. No es posible. En nosotros, los adultos, puede la soledad ser una elección. Entonces no me hable de que falta un cuerpo en la cama si usted eligió ser soltero.
Algunos me dirán, para mí la soledad no es mala, y puede que así sea, hay quien hace de la soledad su mejor compañía, para algunos es hasta un hábito de vida, como los monjes budistas, por citar un ejemplo.
Pero yo me refiero a la soledad que hace daño, esa que nos llena de angustia los espacios que nos rodean, esa que nos hace llorar sin que alguien nos pueda acercar un pañuelo, esa que nos hace mirar el camino y decirnos ¿para qué caminar si no tengo a nadie que me acompañe? La soledad es, en todo caso, la ausencia de los otros, la imposibilidad de compartir, el abrazo vacío, la sonrisa sin reflejo.
Se puede estar solo en medio de una multitud. Pero, especifiquemos un poco: no hay soledad más terrible que la soledad de los niños. Y no estoy hablando sólo de aquellos a los que la vida los ha puesto en un rincón y les ha quitado sus afectos cercanos, a veces, definitivamente, estoy hablando también de aquellos niños que tienen padres y tienen hermanos y tienen amigos, pero aún así, rodeados de personas, se sienten habitando un desierto.
Esos niños que, aún pudiendo tener todo, no tienen nada, porque no tienen amor. Y no busquemos el catálogo de niños para encontrarlos, puede estar ocurriendo en su cercanía, en sus vecinos y aún en su propia familia. ¿Cómo se los descubre? Mire, cuando un niño hace del silencio su mejor amigo, entonces comience a sospechar.
Yo digo, está bien que miremos nuestra economía, nuestros sueños materiales, nuestro bienestar y el auto nuevo que queremos y el viaje que vamos a hacer a Cancún o a Concón y ese vestido nuevo y ese celular con internet incorporado, pero ya que estamos, miremos, aunque sea de soslayo, a nuestros niños. Ellos se descubren con el alma, para esto, no sirve de nada el GPS.
