Muchas personas que llevaron una existencia enajenada, que, por decirlo así, estuvieron entregadas a su ego, a más tardar en la vejez experimentan amargamente que todos los esmeros de su vida terrenal apenas si les trajeron ganancia y prestigio. Decepcionadas, amargadas y marcadas por el dolor empiezan entonces a vegetar. Llevar una vida digna en la juventud significa tener una muerte digna en la vejez. La juventud espera encontrar en el hombre, en la mujer, en la familia un refugio seguro y sentirse acogida.
En la vejez se está a menudo muy solo, uno se siente incomprendido, no se puede conversar con nadie de lo que a uno le preocupa; cada cual sigue su propio camino. Pero, lo realmente valioso, no es lo que uno ha recibido o lo que, incluso, ha tomado para sí, sino lo que ha ganado espiritualmente a fuerza de trabajar en sí mismo y lo que ha dado a otros desinteresadamente. Sólo aquello que contribuye a la dicha y alegría de los demás es lo que por último hace realmente feliz. La verdadera dicha es la felicidad interna, la riqueza interior.
