Las encuestas sobre el humor político de cara a las elecciones pueden diferir entre sí y marcar las tendencias a favor o en contra, según para quién son hechas y por el espacio o frente que las divulgue. Pero, si hay algo en lo que coinciden, mayoritariamente, es cuando a los encuestados se les consulta sobre sus preocupaciones. Arriba de todas las prioridades aparecen las cuestiones económicas y, en el medio de ellas, se mezcla la corrupción. Así lo confirma el último trabajo del consultor Gustavo Córdoba, divulgado en la mañana del martes en Elevediez: la inflación, al tope de la lista, seguida por la corrupción, el endeudamiento, la pobreza y el desempleo.

Está claro que la campaña por la batalla electoral se jugará en el contexto económico, el más preocupante para el oficialismo, que jugará sus cartas para la reelección, y el más beneficioso, en los papeles, para la oposición, que buscará limar al Gobierno para arrebatarle el poder.

En un contexto de alta polarización, las campañas de los dos bordes de la grieta serán decisivas para morder el centro. Acertar en el mensaje de campaña es el fin último. No en las propuestas ni en los planes a mediano y largo plazo ni en las pasadas de moda plataformas de gobierno. No. El punto estará en cuán efectivos sean los mensajes, en la contundencia y en dar en el blanco justo para seducir al centro, porque de los extremos no podrán sacar absolutamente nada.

El medio, esa alternativa que emergía como una suerte de luz de esperanza para muchos, parece languidecer frente a la atracción de los polos, que se necesitan para repelerse y diferenciarse intensamente. Las incorporaciones de Sergio Massa, por el lado de Cristina de Kirchner y Alberto Fernández, como la de Miguel Ángel Pichetto, por el lado del macrismo, no pareciera que le hubiera hecho ganar terreno a ninguno.

En cambio, si la Alternativa Federal de comienzo de año, en la que se mostraban juntos Roberto Lavagna, Massa, Pichetto, Juan Manuel Urtubey y el cordobés Juan Schiaretti no se hubiese fragmentado y explotado, como terminó sucediendo, hoy podría ser altamente competitiva. De hecho, de acuerdo con el trabajo de Córdoba, Lavagna mide cerca de 13 puntos luego de la eventual debacle del espacio de la que muchos hablan.

Ese medio, sin embargo, será fundamental para la segunda vuelta electoral en caso de que se produzca. Ante unas PASO que no ofrecerán competencia alguna, es probable que influyan fuertemente hacia octubre. Es obvio que el Gobierno buscará que las elecciones del 11 de agosto operen como una primera vuelta para quedar lo más cerca posible de Fernández-Fernández. Intentará un escenario lo más parecido posible al del 2015, cuando Macri quedó relegado por siete puntos y, de inmediato, consiguió profundizar aquella idea de características puramente electorales del “sí se puede”. Claro que lo hizo ayudado por ese envión que consiguió –sorprendente e inesperado– tras haber ganado María Eugenia Vidal la provincia de Buenos Aires cuando parecía una meta imposible.

De todas maneras, el oficialismo se encuentra ante un estado de situación muy diferente de la del 2015, aunque haga esfuerzos por medio de su estrategia electoral para emular esa situación. En primer lugar, porque está gobernando y en tres años y medio de gestión no sólo no logró profundizar la visión del cambio de paradigma para vivir mejor, sino que consiguió todo lo contrario. Por eso, la mayoría de los ciudadanos, por el fracaso económico particularmente de Cambiemos, hoy está colocando el acento en las cuestiones de bolsillo. Se entiende.

La batalla se dará en el terreno del “voto continuidad” contra “el voto por el cambio”, como interpreta Gustavo Córdoba. Y los pequeños “triunfos” que el Gobierno ha logrado tener luego de la crisis cambiaria de abril/mayo del 2018 le han permitido mejorar los niveles de imagen del presidente y de la gestión. El interrogante es dilucidar cuánto de las mejoras, en eso que los especialistas llaman economía financiera (dólar, tasas de interés, inflación, reducción del déficit fiscal), se transformará en votos a favor del oficialismo, contra los datos de la economía real (consumo, desempleo, precios, tarifas y demás) que impactan en la piel de los sectores medios, particularmente.

Esos sectores medios que juegan un papel fundamental y decisivo en las elecciones presidenciales; que en varios pasajes de la historia reciente le dieron crédito al kirchnerismo para, luego, prestárselo al actual oficialismo o antikirchnerismo, si se quiere. Entre los más golpeados y perjudicados, en los sectores medio y medio bajo, el fanatismo y el fundamentalismo no abrevan como en los bordes extremos de la fractura. Y el voto que surja de ahí sacudirá el futuro inmediato del país.