Santa Elena es un lugar cercano a la Villa de Uspallata, sobre el camino que, por Casa de Piedra, une a esta localidad con la Ciudad de Mendoza. En Santa Elena hay miles de piedras, pero hay dos que son muy especiales, porque están llenas de petroglifos. Dibujos que hicieron nuestros antepasados indígenas y que, según Juan Schobinger, el destacado arqueólogo, pueden datar de hace mil años. Me dijo también que los grabados eran abstractos, sin representación de figuras reales. Dos piedras únicas, valiosas, irrepetibles que pertenecen al patrimonio de nuestra América.

    Es decir, nos pertenecen a todos los que estuvieron, los que estamos y los que estarán viviendo en este lugar del mundo. Pues bien, el sitio no tiene advertencia alguna de lo que significan esas piedras, de su valor. El respeto o la indiferencia por las piedras quedan librados al saber de los que por allí se allegan. Alguien, llevado por su ignorancia, escribió leyendas en aerosol sobre los antiquísimos grabados.

    Se pasó por el dorso los años de resistencia frente a la intemperie de esos mensajes únicos. Según Juan, va a ser muy difícil recuperar lo depredado. Pregunto: ¿Es tan difícil, cuesta tanto colocar un cerco, un cartel, una advertencia para que todos cuidemos lo que es de todos? ¿Es tan difícil? ¿O será que el matrimonio con el presente no nos deja ni siquiera ánimo para respetar el patrimonio del pasado?