Es habitual conocer personas que darían la vida por sus mascotas, muchas de ellas encuentran un refugio en un animal y llegan a quererlos como a sus propios hijos. Ese es el caso de María Farfán, una de las tantas jujeñas que aman a los animales y, además de haber adoptado a perros que dueños irresponsables abandonaron en la calle, ayuda a las protectoras en su labor diaria.

Entre esos rescates de canes adultos que en un total son diez, María adoptó a una cachorra, a la que llamó “Nana” y la crió como a su hija. Junto a la pequeña, la mujer pasaba todo el tiempo, salían a pasear, la llevaba a todos los lugares que ella visitaba y compartían momentos todo el día. La relación era única y muy profunda, puesto que toda su familia la cuidaba como si fuera un integrante más y sus amigos también lo sabían.

Como cada año, María junto a sus seres queridos, viajan a Cieneguillas, un pueblo situado al oeste de La Quiaca, Jujuy, a visitar a su madre y a honrar a la virgen de Santa Bárbara. Llegaron al lugar el 3 de diciembre, al día siguiente era la fiesta de la virgen. María junto a su hija y compañera inseparable otra vez iban a pasar ese momento juntas ya que la llevaba desde hace 5 años. La mascota conocía el pueblo y la gente del lugar también la conocía a ella.

El 4 de diciembre y desde muy temprano comenzaban los festejos. Ni María, ni su familia se iban a imaginar que ese día tan importante no iba a ser como los otros de años anteriores.

En la casa de la familia Farfán eran más de 50 personas que almorzaron y rindieron sus honras a la virgen de “Santa Bárbara”. 

Pero algo en María decía que las cosas se iban a poner feas. En ese momento, estaba sirviendo a los invitados y la última vez que había visto a “Nana” se encontraba en la habitación de su madre. “Algo en mi corazón me decía que pasaba algo malo. Sentí eso en el pecho y lo primero que pensé era en la perra. Entre a la pieza y no estaba”, contó la mujer.

De inmediato salió a recorrer el pueblo con lo poco de luz natural que quedaba, no dejaba de gritar su nombre un instante y preguntaba a la gente si la habían visto. Nadie sabía nada, “parecía que la había tragado la tierra”.

Su familia dejó los festejos y la acompañó en la búsqueda, pero no había rastros. Sumado a ese doloroso panorama para ellos, comenzó a llover torrencialmente y estaba todo oscuro. Debieron suspender la búsqueda y continuar al otro día.

Era 5 de diciembre, la fiesta patronal había culminado y a María no se le pasó por la cabeza volver a su hogar. Siguió buscando por todos lados desde las 5 de la mañana y no la encontraba. Algunos de sus familiares la acompañaron, sabían lo importante para ella que era “Nana”. Estuvieron diez días más y buscaron por todos lados. La mascota seguía perdida, entonces decidieron salir de Cieneguillas y visitar a otros lugares. 

La Policía de Cieneguillas, en Jujuy, colaboró en la búsqueda, junto a ellos fueron casa por casa, pero parecía que todo era en vano. María sentía que su perrita no iba a aparecer más, pero dentro de su corazón luchador sabía que no debía bajar los brazos.

Por cuestiones de salud de su madre, debían volver, para ella fue terrible “cuando volvíamos se me partía el alma, sentí que la abandonaba. Ella era mi vida y yo la suya, nosotras somos una prácticamente. Volví a capital con el corazón roto, pasé año nuevo y navidad con una tristeza inconsolable”.

En enero regresaron a La Quiaca, pegaron carteles, visitaron la radio y difundieron el caso de “Nana” por ahí y todos los medios posibles para que la gente les avise si sabían de ella. 

Llegó febrero y nuevamente arribaron al lugar. Pegaron más carteles, volvieron a ir a la radio, pero no encontraron nada. Se hizo un hábito hacer eso, porque todo el año regresaron al pueblo. 

Pasaron las fiestas de fin de año, empezó el 2018, María no era la misma y aunque nunca había encontrado ni una sola pista de “Nana” ella seguía buscándola. Su destino era encontrar a su compañera e hizo la fuerza necesaria para encontrarla.

La mascota era conocida no solo en los pueblos del norte, sino también en las redes sociales, y mucha gente apoyaba a su dueña difundiendo el caso y con palabras de aliento. Pasó el tiempo, hasta que llegó un día especial.

El 30 de julio pasado María volvió a nacer. Un profesor de Santa Catalina hizo una publicación en Facebook sobre una perra que vivía de hace tiempo en el techo de una casa abandonada de esa localidad. De inmediato una amiga suya la llamó y le mostró la publicación. María no dudo un instante en reconocer a su amada “Nana”. Feliz y con el sueño intacto de reencontrarse con ella salió a las 4 de la mañana del día siguiente. A las 8.30 llegaron y llamaron al número que salía en el mensaje. Le dijeron que la casa estaba situada frente a una escuela primaria, que desde febrero el animal vivía allí y que ellos la alimentaban.

Tocaron la puerta de una casa, nadie atendía, y María desbordaba por la ansiedad empezó a gritar el nombre de su perra, salió una mujer y le indicó donde estaba.

Fue ahí cuando se volvieron a ver, el sueño de María se estaba haciendo realidad. Al principio se miraron, ambas temblaron y “Nana” tardó unos minutos para reconocer a su dueña. Cuando lo hizo, su cola se movía para todos lados mostrando una felicidad que la desbordaba.

Había pasado un año y ocho meses de agonía para esa familia, pero ese día “volvimos a ser felices. Ambas lloramos cuando nos vimos, ahora estamos las dos juntas para nunca más separarnos y seguir caminando a la par como siempre porque todos los que me conocen saben que ella y yo somos uno”, entre lágrimas, comentó María.

“Mucha gente en las redes sociales conoce a ‘Nana’, porque iniciamos en el proteccionismo juntas desde hace años. Ahora está al lado mío recuperándose porque ella la pasó mal o peor que yo, le deben haber pasado mil cosas todo este tiempo y yo estoy para curarle las heridas”.

Siguió diciendo que: “A los que perdieron sus perritos les digo que no bajen los brazos, que tengan esperanzas. A los que se levantan perros que no son de ellos también les pido que piensen en el dolor de la gente porque los amamos como a nuestros propios hijos.