… las declaraciones de Kaque diciendo que se iba a subir a bailar él, la huelga de vestuaristas, que no duró mucho pero existió, la repartija de entradas dejando muy pocas para el público sin más título, el intendente de Junín que se siente discriminado por la ubicación que le dieron, el rumor de que el Gobierno quiere hacer un cerco de aplaudidores alrededor del gobernador, el cuestionamiento de algunos sectores por las entradas cedidas a la CGT, las nuevas declaraciones de Kaque diciendo que tenemos que decidirnos sobre si los mendocinos queremos que la fiesta sea una fiesta solamente para mendocinos –habrá que poner un cartel diciendo: Turistas abstenerse–. Sigamos: la gente de ATE que amenaza con hacer un contracarrusel el sábado, Kaque que propone agrandar el teatro griego Frank Romero Day. ¡Eeeeeehhh! Che, paren la mano. Menos mal que se trata de una fiesta, si se tratara de una catástrofe tendríamos que andar esquivando misiles. Es una celebración, señores. Todos sabemos que los que realmente trabajan la tierra todo el año y los cosechadores de aquí, de otras provincia y países, no tienen para comprar una entrada de las más baratas, pero la fiesta los evoca, a la distancia, pero los evoca. O sea, una fiesta del trabajo. Pues se está transformando en una fiesta de las disputas políticas, de la frivolidad, de las protestas, de las declaraciones, de parte del juego de los poderosos. Si hasta dan ganas de meterse en una viña cualquiera de las zonas aledañas y enfrentarse con un vendimiador para decirle: “Oiga, amigo, usted sabe que hay una fiesta que habla de su trabajo, de su lucha de todo el año, del castigo que a veces significa para ustedes los trastornos del tiempo, de una virgen que los ampara, del vino noble que por usted es posible. ¿Lo sabía?”. Estoy seguro de que el vendimiador me miraría con asombro y me diría: “¿Usted está seguro, señor, de que esa fiesta es para mí?”. Tal vez yo, o cualquiera de ustedes, no sabría qué contestarle.