En ese enfrentamiento político y electoral que protagonizan, como únicos en el rol principal y con todo el resto como actores de reparto, tanto el oficialismo como la principal oposición hacen esfuerzos por hacerle creer a la ciudadanía que pelean uno contra el otro: que el malo y despreciable está enfrente, visto de cualquiera de las veredas o bordes de la grieta. Pero, en verdad, tanto unos como otros están luchando y peleando contra sí mismos, y lo saben más que nadie.
El principal adversario que tiene enfrente el gobierno de Mauricio Macri, y por añadidura el de Alfredo Cornejo en Mendoza, es el factor económico y financiero en un sentido amplio; la oposición perokirchnerista lucha contra su pasado. El presente y esa estela de fracasos económicos que ha dejado tras su paso desde que asumió configuran el primer adversario a doblegar y la principal amenaza para el Gobierno. Los desaciertos llevaron a ese laboratorio de publicistas y propagandistas que rodean al presidente a apuntarle al kirchnerismo y a ese peronismo que se alió con la ex presidenta, para refrescar en la memoria de los electores, lo que dejó aquella administración en cuanto a los usos y abusos que hiciera en el manejo del Estado concebido como propio. Y en esa línea seguirán, sin dudas, frente al ocaso de las propuestas políticas que lograron sobrevivir, tenuemente, a la fractura social e ideológica de los argentinos.
Quien lleva el mayor peso y la responsabilidad de la ficción armada para que los argentinos se encuentren ante la obligación de optar por aquel pasado cercano o este presente que no acierta, hay que decirlo, con ese camino que indica que nos llevaría a un futuro promisorio, es, sin dudas, el oficialismo. Es quien está en el poder: porque gobierna, porque tiene el manejo de los recursos públicos y porque tiene que explicar los tres años y medio de gestión más que recordar, con obsesión, las administraciones kirchneristas o lo que han significado y que ya fueron derrotadas sucesivamente en las últimas elecciones.
El índice de inflación de junio de 2,6 por ciento en Mendoza y de 2,7 por ciento a nivel nacional, lejos de las interpretaciones del Banco Central o del propio Gobierno que apuntan a destacar, por sobre todo la tercera desaceleración consecutiva en el nivel de precios, resultan ser la prueba más clara y evidente de quién es y dónde está el enemigo a vencer. A todo esto, las perspectivas del Fondo Monetario Internacional, revisando las proyecciones económicas del 2019, han puesto otra vez al Ejecutivo frente al recuerdo amargo e imborrable del escenario ante el que se enfrentó promediando el segundo trimestre del 2018, algo así como el tiempo o los meses o “el año que vivimos en peligro” como reza el título de aquella película dramática de principio de los 80.
Lo que se le viene al país es tanto o más duro de lo que ya ha transitado. Así rezan los informes y predicciones desde lo económico de todo especialista o consultora, más cerca o más lejos del Gobierno, que se precie. La respuesta a un fenómeno del que no puede salir Argentina desde el confín de los tiempos sigue siendo política. Sin un acuerdo general sobre aspectos mínimos, o que tanto se ha dicho y de lo que poco se ha hecho, no emergerá un futuro más o menos promisorio. El drama para todos es que entre oficialismo y oposición no hay absolutamente nada de coincidencias ni voluntad de encontrarlas. Y es muy llamativo que no existan puentes, ni siquiera invisibles, que se estén construyendo para la transición que se avecina, traumática a simple vista.
Porque, de conseguir la reelección, el nuevo gobierno que emerja con un crédito renovado deberá lidiar con una oposición mucho más fuerte que con la que se enfrentó. Más fuerte, más amplia y más radicalizada, probablemente, teniendo en cuenta las principales figuras que el kirchnerismo logró entronizar en los lugares más expectantes de las listas que presenta en todo el territorio nacional.
Las PASO de agosto se han convertido en vitales y trascendentes, en principio, pese a que no servirán para dirimir candidatos dentro de las fuerzas que competirán. En ese sentido, son inútiles. Sin embargo, se siguió adelante con ellas y hoy encierran un potencial peligro para la marcha inmediata del país. Porque un posible triunfo holgado de la oposición puede que repercuta en la sensibilidad de los mercados, gusten o no los mercados. El capital es reactivo a lo que hoy está expresando la oposición; una oposición que cuenta con un líder que no está dando tranquilidad en ese sentido, asunto que por sí mismo también configura una rareza. La oposición cuenta con muchas chances para llevarse la victoria, tanto en agosto como en octubre, y, quizás, en primera vuelta. Entonces resulta extraño que, desde allí, desde sus propias usinas, no se encargue de lo que le puede caer encima si accede al poder y de limpiar preventivamente los obstáculos que le aparecerán.
