Con buena parte del partido ya jugado y muy cerca de la pitada final, el presidente Mauricio Macri tomó conciencia de que el esquema de juego que impuso y que llevó adelante no le dio el resultado que imaginaba. Entonces, tras la catarata de goles que recibió en contra, evidenciada en esa andanada de votos opositores del domingo, se dispuso a romper con sus convencimientos ideológicos grabados a fuego, a los que les dio aire y que impulsó con tenacidad y mucho de necedad, especialmente cuando sus socios, ayudantes de campo que compartieron con él la planificación y marcha del partido, le advertían de que perderían inexorablemente.

Todas y cada una de las medidas económico-sociales que anunció en la mañana de ayer forman parte de lo que su gobierno se negó a llevar adelante porque su discurso y sus creencias no se lo permitían. Porque fueron, puntualmente, las medidas que siempre le cuestionó con ardor y pasión a quien hoy le está ganando el partido y arrebatándole la posibilidad de la reelección con la que siempre soñó y se entusiasmó.

Macri pensó que, ordenando las cuentas del Estado, bajando los gastos, secando de recursos la economía doméstica, no sólo conformarían un grupo de señales y de acciones que se comportarían a tono con lo que los mercados internacionales le reclamaban a Argentina. Convencido de que eso se traduciría en importantes niveles de confianza y de credibilidad de su gobierno hacia el exterior, Argentina se transformaría en un imán irresistible para las inversiones de los capitales que buscan su oportunidad alrededor del mundo. Ese mercado amigo le respondió en gran forma, pero los capitales llegaron sólo para beneficiarse con un terreno abonado para la especulación financiera más que para los negocios de desarrollo económico a largo plazo. Además, por otro lado, si esos capitales llegaban a Argentina, lo harían para vender sus productos en el exterior porque el mercado interno, literalmente, desapareció. Sin la zanahoria de un desarrollo de negocios interno y sin condiciones competitivas para producir en Argentina y vender en el exterior por los altos costos de producción también internos, esos capitales claramente sólo se concentraron en lo que los especialistas económicos denominan, con vulgaridad pero con acierto, la bicicleta financiera.

Junto con aquello que no le dio resultado, el presidente supuso que una fuerte inversión en la obra pública reflejada en cloacas, caminos, obras de infraestructuras varias no sólo sería una respuesta de su administración a la falta de equidad y de derechos que el Estado por mucho tiempo desconoció. Interpretó, también, que esa fuerte inversión pública reactivaría, en parte, la economía que había enfriado a propósito, buscando por ese lado batallar contra la inflación. Y que, al llegar el momento del examen, la ciudadanía le seguiría renovando el apoyo con votos. Al plan, craneado en los laboratorios del Pro, le faltó la contención social.

Todo lo que desechó al comienzo –un paquete de medidas de contingencia– por entender que se relacionaba con la dádiva y con el malgasto de los recursos, que, por otro lado, ya no estaban en cantidad suficiente en manos del Estado como en otros tiempos, fue lo que decidió implementar tras el golpe en las urnas. Macri venía de rechazar lo que sus socios políticos, como la UCR, le reclamaron sin ser oídos. Porque, el peso del descomunal esfuerzo concentrado para ordenar las cuentas terminó recayendo en todos los sectores sociales, con la particularidad de que los más vulnerables siguieron siendo medianamente asistidos y los altos, bueno, se sabe y lo conoce todo el mundo, estuvieron y siguen estando en otra historia, quizás beneficiándose de aquella bicicleta financiera.

Macri reaccionó políticamente, pero con el chip electoral encendido y activado. La explosión y la posibilidad de un estallido social han estado latentes desde la elección del domingo. Las medidas anunciadas buscan el objetivo de aminorar el impacto de la nueva devaluación y de mantener competitivo al Gobierno electoralmente, aunque los ministros Dante Sica y Guillermo Dietrich lo hayan negado ayer mismo en conferencia de prensa.

El dato positivo que han dejado tres jornadas convulsionadas desde el domingo a esta parte ha sido, sin dudas, la aparición del candidato opositor que emergió claramente triunfante de las Primarias del domingo, Alberto Fernández, quien luego de mantener un diálogo telefónico con el presidente, se mostró prudente y razonable al llamar a la calma social frente a tanta incertidumbre y temor por el desmadre.

Sus dichos apuntaron a dar previsibilidad hacia dentro y hacia fuera para el caso de ser ratificado por el voto popular el 27 de octubre. Dijo estar dispuesto a ayudar y preocupado por evitar el caos. Y claro, como resulta obvio, dentro de un contexto en el que se ocupó particularmente de mostrarse diametralmente diferente de Macri en todo sentido, sobre todo en la política económica. Comprensible y razonable: está a punto de alcanzar su objetivo mayor, y una foto con Macri hoy, o un contacto demasiado cercano con el símbolo de lo que la ciudadanía mayoritariamente rechazó el domingo, puede traerle algún dolor de cabeza absolutamente innecesario.