A tal punto que tuvo que extenderse. Porque los vagos quisieron hacer reservas en algún bar o un restaurante o un local de fiesta o algún quincho donde no hiciese tanto frío y se encontraron con la misma respuesta: está todo reservado. No había lugar. Entonces, la celebración que era el domingo comenzó el viernes, abarcó todo el sábado y, por supuesto, el domingo fue la explosión. Qué manera de haber gente por la calle. Los taxis andaban rebotando como pelotita de ping pong, que te mandaran un taxi a la casa era más difícil que Cobos diciendo que sí.
Los negocios de gastronomía vendieron hasta prepizzas con una aceituna al medio porque se quedaron sin mercadería, en algunos lugares tuvieron que poner mesas en los baños. A pesar del frío, muchos se amontonaron afuera, los pibes y algunas familias amigas coparon el Parque como en el Día de la Primavera. Los negocios no hicieron grandes ventas porque, bueno, uno al amigo no le hace regalos caros, que un pañuelito, que un llaverito, que una tarjetita, que un cinturón a lo sumo, que una botella de vino y, de ser posible, sin el corcho.
Pero igual juntaron sus moneditas extra los negocios. Se saturaron las líneas telefónicas, hasta para mandar mensajes de texto el dedo gordo tenía que hacer cola, los e-mail en las computadoras llenaron varias veces la pantalla. En definitiva, una demostración tal de cariño que realmente debería llamarnos a la reflexión. Porque ha sido un día, o varios días, de fiesta. Íntegramente de fiesta. Uno en este tipo de celebraciones no puede encontrar maldad sino mucho cariño, y eso nos hace bien, ¡qué diablos! Celebrarnos es celebrar la vida, y la vida, la vapuleada vida, bien se merece que nos acordemos de ella de vez en cuando, porque, como lo dijo el inolvidable Armando Tejada Gómez, un amigo es la vida dos veces.
