José es venezolano, hace cuatro años que está en nuestro país y dos que trabaja como remisero. Cuando empezó la pandemia, recorre el país trayendo y llevando gente de provincia a provincia.

Siendo casi las 20 de este lunes, José se encuentra varado, esperando para cruzar a Mendoza después de 20 horas de viaje y la mitad de ellas, esperando. Todo es logística y matemáticas. Un minuto de más o un minuto de menos y se pueden quedar horas hasta que habilitan el tránsito en una provincia. Con José viene otro chofer y una pasajera mendocina que quiere volver a casa. Nada más.

“Salimos a las 12 de la noche para llegar a San Luis para la primera escolta”, dijo. Eso no pasó y tuvieron que esperar hasta el mediodía para poder salir en la caravana que tarda cerca de tres horas en cruzar la provincia.

“De Buenos Aires hasta San Luis, nada. Tenés controles de Gendarmería, pero les mostrás los permisos y te dejan seguir”, relató. Los vehículos deben esperar a la vera del camino en el arco de San Luis. El trato de la Policía es amable, admite José, pero muchas comodidades no hay. “El baño que se puede usar es el del control policial que está ahí”. Un baño compartido. Para nada sano ni higiénico.

La escolta arrancó a las 12 de la tarde y eran cerca de diez vehículos entre camiones y autos (taxis y remises), relata José desde el otro lado del teléfono. A Desaguadero llegaron a las 16.30. Allí los que paran son los vehículos particulares porque “los camiones pasan libremente, les revisan unos papeles y pasan”. Ellos no.

Entre taxis y remises y siendo las 20, hay cuatro vehículos y 12 personas. “Acá podés bajarte e ir a comprar alimento, pero tenés que comer arriba del auto”, afirma el chofer.

“Se respetan todos los controles sanitarios”, agrega José. El apuro de los choferes es por la vuelta. “Tenemos que llegar, pasar los controles, dejar a la pasajera en el hotel y volver. Todo eso antes de que San Luis cierre la frontera porque sino, nos tenemos que quedar toda la noche”.

Ante la pregunta de qué es lo más duro que vio en la calle, José no duda en responder: “Las historias de los traslados. Cada persona que viaja tiene una historia y quiere volver a su casa después de meses de estar lejos”. Pero eso no es todo: “En la calle hay mucha desolación, mucho comercio cerrado, mucha frustración” dispara José. 

Casi como Ulises modernos, aquellos que intentan llegar a Mendoza atraviesan una odisea en la que San Luis se vuelve el capítulo más difícil.