Dividida en doce cuadros se desarrolló Postales de un oasis que late, un espectáculo que tomó como eje central el paisaje representativo de nuestra provincia, reflejado en postales donde la danza y la música se convirtieron en los verdaderos protagonistas.

En Postales de un oasis que late, narrada con un léxico, por momentos, sencillo aunque también poético y lírico, no hubo personajes principales ni secundarios, sino que esos roles fueron ocupados simplemente por la escenografía que funcionó como interlocutor entre la historia y el público. A través de una voz en off, a cargo de Dardo Boggia y la propia creadora del guión, Liliana Bodoc, el escenario cobró vida en esas doce postales que reflejaron los doce meses del año en Mendoza.

Mendoza, en doce postales
La idea central de la propuesta fue mostrar a mendocinos y turistas cómo es Mendoza a lo largo del año. Así durante la historia se fueron destacando hechos, personajes y sucesos propios dela provincia, claro que siempre ponderando al cosechador, al labriego, al verdadero protagonista de la Vendimia. Aunque también cobraron protagonismos otros elementos esenciales como el agua (fundamental para el riego de los cultivos) el vino, la Virgen de la Carrodilla, la figura de don José de San Martín que permitió nuestra liberación, la llegada de los Huarpes a Mendoza e, incluso, la de los inmigrantes que forjaron sus raíces en nuestra tierra.
Todos ellos fueron retratados en las doce postales, algunas logradas con éxito y otras no tanto, pero todas acompañadas por una orquesta estable que, dirigida por Darío Ghisaura se convirtió en lo mejor de Postales de un oasis que late. Por la solidez, profesionalismo, perfeccionamiento y la manera de interpretar cada nota.

Desde música instrumental que (llegó a erizar la piel en cuadros como los de la Virgen de la Carrodilla o Tintes de Otoño) hasta cuecas, zambas y chacareras (que pusieron a bailar a todos los presentes) se oyó en el Frank Romero Day, demostrando una vez más el protagonismo de los músicos por sobre los bailarines y actores, tal como ocurrió en la edición 2014.

Los efectos especiales, en esta era 2.0 también cobraron vida tanto en el escenario como fuera de él a través de impactos sonoros y visuales que sorprendieron a los presentes. Los mismos fueron utilizados en su dosis justa y se convirtieron en un factor importante de la historia narrada.
Menos, es más
Pero, como en la vida misma, no todo fue color de rosas, también hubo desaciertos. Uno de ellos fue la sobrepoblación escénica que se vislumbró en algunos cuadros, lo que hacía que el espectador no focalizara su atención en el eje central de la Postal sino que dispersara su mirada a lo largo y ancho del escenario donde encontrábamos a cientos de bailarines, actores, títeres, acompañados por imponentes efectos lumínicos. Dice el refrán: “menos es más” y acá eso no se aplicó, lo que dejó entrever, por momentos, mucho desorden en escena e incluso llevó a que no se luciera el cuadro como merecía.

Otra situación poco feliz fue el cuadro del Nacimiento donde la música orquestal e instrumental dejó sus acordes de lado para que comenzaran a sonar ritmos propios de los 60 que si bien levantaron a los espectadores no tuvo concordancia con lo narrado hasta el momento, éste fue tal vez uno de los episodios más desagradables de la Fiesta, aquí se dejó de lado lo poético, lo lírico y rozó lo popular.
Sin embargo la línea volvió a centrarse con Fiesta de Festivales donde sí se disfrutó la labor de los mil artistas en escena que con ritmos de cuecas, zambas, chacareras lograron la ovación de los presentes. Y los aciertos no pararon allí sino que continuaron en Mendoza, pasión y vino, una de las últimas Postales donde el tango y el malambo se convirtieron en los grandes protagonistas dándonos paso a disfrutar del final de la fiesta con Racimos de amor, canción interpretada por cuatro jóvenes artistas locales como Sebastián Garay, Paula Neder, Mariana Paraway y Jose Quiroga que con ritmos ajenos a los nuestros y más cercanos a Centroamérica fueron danzados por todos los artistas en escena, repitiendo, una vez más, la superpoblación escénica.

A rasgos generales podemos decir que Postales de un oasis que late cumplió su cometido. A algunos les habrá gustado más que a otros, pero tuvo sus frutos: homenajear a quien la ideó, a Marcelo Rosas, uno de los grandes referentes de la danza cuyana que soñaba con dirigir ésta su Fiesta y que si bien no pudo estar presente físicamente dejó en claro que “No hay acorde final para el que danza”. Rosas ponderó la danza por sobre todas las artes, ponderó su amor por la danza y para él va nuestro homenaje.





