Dos estudios de opinión pública dados a conocer el martes, realizados recientemente y luego del triunfo del peronismo opositor en las PASO del 11 de agosto, coincidieron en vaticinar que Alberto Fernández aumentará el caudal de votos obtenidos en las Primarias y que el 27 de octubre será ungido como el nuevo presidente electo de los argentinos por tan amplio margen que demolerá el sueño de Mauricio Macri de llegar al balotaje. Según Federico González y Asociados, Fernández aventajará a Macri por 20,9 puntos de diferencia, alcanzando 53,8 por ciento de los votos. El CEOP, el otro estudio que publicó sus proyecciones, da cuenta de que Fernández alcanzará 50,6 por ciento contra 31,2 por ciento de la fórmula del oficialismo.
Si bien la mayoría de las encuestadoras equivocaron sus pronósticos y no vieron venir –como gran parte de los argentinos– aquella diferencia abrumadora que en las Primarias Fernández le sacó a Macri, ambas encuestadoras (González y Asociados y el CEOP) enfrentaron el aluvión de críticas y decidieron estratégicamente aventurarse a salir del ojo de la tormenta con más pronósticos hacia octubre, siendo las primeras en quebrar el silencio de las perceptoras del ánimo social.
Ante lo que se presume y se evidencia, octubre ofrecerá a los argentinos una carrera electoral con un resultado cantado, bien viene comenzar a preguntar si Fernández será, en definitiva, el presidente que comience a conducir al país hacia el sendero del desarrollo, el crecimiento y la equidad. Ante tantas frustraciones a cuesta, también es sano –individual y colectivamente– evitar las exaltaciones de gozo y dejarse llevar por los cantos de sirena, como tantas veces ocurrió en la historia del país.
Y los ojos críticos y desconfiados, como corresponde, de buena parte de la sociedad argentina comienzan a posarse sobre las dotes de Alberto y de su compañera de fórmula, Cristina Fernández de Kirchner, para saber a ciencia cierta su idoneidad como pilotos de tormenta. Alberto viene repitiendo, en cuanta oportunidad tiene, que él y Néstor allá por el 2003, fueron quienes sacaron al país del default tras la hecatombe de fines del 2001. Si bien el actual momento del país cuenta con diferencias abismales respecto de aquel tiempo, cuando Argentina vivió literalmente al borde del abismo –desgranada no sólo económica, sino cultural y socialmente, además de dominada por la incredulidad–, los desafíos de la nueva administración que será legitimada en octubre son enormes.
La pregunta es si, hoy, la sociedad, mayoritariamente, está dispuesta y convencida de enfrentar lo que viene, con más y enorme sacrificio y lejos de que podrá alcanzar de inmediato desde el 10 de diciembre en adelante aquellos momentos de gozo y jubileo con los que sueña y que actualmente, por imperio de la campaña y de la necesidad de devolverle la esperanza a un electorado incrédulo, desconfiado y harto, se le ha vuelto a prometer. Aunque muchos no quieran ni siquiera oírlo, ni mucho menos imaginarlo, es conveniente interrogarse colectivamente si, en verdad, en medio de las actuales circunstancias, se puede crecer y desarrollarse sin que eso suponga un dolor y un sufrimiento notables por varios años más; y ahora sin contar con un escenario favorable para los commodities que le vendemos al mundo, como la soja, por caso, y sin las emisiones extraordinarias de papel moneda a las que se apeló durante los años en que Alberto señala como los de la bonanza, el bienestar general y la devolución de oportunidades a los sectores medios a los que promete volver.
Alberto no dice que los objetivos que tiene se conseguirán sin que eso no implique sacrificio. No dice ni lo uno ni lo otro. Sin embargo, sus economistas, entre ellos, Arnaldo Bocco, viajan por las provincias explicando cómo se bajarán de la noche a la mañana los intereses que la actual administración paga por esa bomba de tiempo en la que se han convertido las Leliq. Sostiene que a los bancos se les dirá que con las obscenas ganancias con las que se han beneficiado no se puede seguir un minuto más y que con un acuerdo con ellos, incluyendo al resto de los sectores como el empresariado y el de los trabajadores, se alcanzará el objetivo que se busca y que todo se irá acomodando para que el país comience a producir todo lo que los argentinos dejamos de consumir porque Macri secó la plaza de dinero y apagó deliberadamente la economía.
Quizás, Alberto, por contar con un peronismo detrás, ser su representante y la llave para volver al poder, disponga de ese manto de piedad, de paciencia y benevolencia de la sociedad para pasar el desierto que Argentina tiene enfrente sin palos ni piedras en el camino. Sin embargo, es probable que el candidato a suceder a Macri haya hecho sus propios e íntimos análisis, alejado de la presión que le caerá encima como una suerte de salvador de los cuatro años de vivir a pan y agua a los que condenó al país la gestión de Macri.
En realidad, la clase política en su conjunto debería dejar de jugar con fuego, como ha venido haciéndolo casi por deporte, y, en medio de la particular coyuntura, enfrentar a toda la sociedad para advertirle de que ya no hay de dónde sacar recursos para devolver la fiesta perdida, que cada fiesta tiene un costo y que alguien siempre la paga, que el sector privado no tiene posibilidades ya de financiar un Estado que suele asumir la apariencia de solidario y justo pero que esconde, en verdad, muchas de las caras que pocos ven, las de la irresponsabilidad que termina por hipotecar, siempre, a las generaciones por venir, como una película repetida a la que se le conoce el final.
