La expresión “un hombre de palabra” no se refería a aquel que se pasaba el día resolviendo crucigramas, se refería a quien cumplía con sus promesas. Hubo, inclusive, casos de políticos así, yo conocí uno una vez. En otros tiempos, “dar la palabra”, “empeñar la palabra” era dar la seguridad de que el compromiso contraído iba a ser cumplido en tiempo y en forma. No había que firmar nada, sellar nada ni llamar a nadie para que diera fe, la fe se sostenía con la religión del honor. Quien faltaba a su palabra alcanzaba el deshonor. 

¿Qué vale ahora la palabra? Y, no mucho, teniendo en cuenta que es frecuente que aquel que la usa borra con el codo lo que alguna vez escribió con la mano. ¿Usted le entregaría su auto usado a otra persona después de que esa persona le diga: “Le doy mi palabra de que la semana que viene se lo pago. Lo primero es lo primero. Hagamos ahora la transferencia y la semana que viene se lo pago”? Minga. “¡Ah, querida! Me olvidé de decirte que la dejé a la nena salir con ese señor que vino a buscarla porque me dio su palabra de que la va a cuidar mucho, le va a dar de tomar jugo de naranja y la va a dejar en casa a las doce entera e invicta?” ¡Ajá! ¿Usted le diría a un empresario: “Aquí tiene nuestro banco, adminístrelo a gusto que yo sé que usted lo va a hacer muy bien y nunca va a dejar que se caiga, porque usted es un hombre de palabra”? 

Ni por pu (se me cayó media palabra. Pará que la alzo: ta). En esta época, los únicos que empeñan las palabras son los que ya no tienen muebles para empeñar. Qué lástima que la confianza se haya vuelto tan desconfiada. ¿Por qué uno siempre estafa a las personas que creen en uno? Bueno, porque a las que desconfían es muy difícil estafarlas. Hay una amiga que cura de palabra, para curarte el empacho te aplasta la panza con un diccionario. En definitiva, las palabras que ahora sirven son las que le dan contenido a una carta documento. Al final, después de años de meditación ahora tengo la absoluta seguridad de que ya puedo dudar de todo. En otros tiempos era muy mal mirado aquel que faltaba a su palabra, en cambio, ahora, el que falta a su palabra… Es algo común que a nadie le llama la atención.