Me hice amigo de los trenes, pasé horas adentro de ellos, y como dice Discépolo: “En su mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas, yo aprendí filosofía, dados, timba y la poesía cruel de no pensar más en mí”. Me enamoré de los tenes, de ese lento proceder sobre el paisaje, de los vidrios chorreados en las tardes de lluvia, de una especie de nostalgia pasajera cuando ocurría el ocaso en el campo. Después, ya en Mendoza, me entusiasmaba cualquier viaje a Buenos Aires, porque, bueno, un viaje a Buenos Aires es toda una aventura, pero, fundamentalmente, porque iba a viajar otra vez en tren. Y lo hacía, a veces en el Zonda, ese que paraba en cada estación, en cada vaca, en cada árbol. Terminaba tan lleno de tierra que tenía que cavarme para encontrarme. Era un hombre de terracota, como los soldados de Qin Shin Huang. Pero me divertía, disfrutaba de cada kilómetro y de la letanía de las ruedas tragándose los rieles. Y cuando viajaba en el Libertador, ¡papá!, qué gusto. Hasta cine tenía el muy paquete. Me iba al coche comedor solito, a ver esa película que pasaba por la ventanilla, la película de un país hermoso que pedía a los gritos otro destino. Se podía fumar entonces, y fueron los mejores cigarrillos de mi vida. Y si había en el coche comedor una morocha que te mirara con cierto desparpajo de ternura, entonces no había mejor viaje en el mundo. Está por regresar el ferrocarril, vendrá de Buenos Aires un tren especial para la Vendimia. Ojalá que sea el comienzo de aquella historia que hizo grande a Mendoza, porque si bien los bisabuelos llegaron al país de los barcos, a Mendoza llegaron por ferrocarril. Me encantaría subirme al primer tren, ir al coche comedor, tener plata como para pedir una botella de champán y brindar por aquellos que lo hicieron posible, por los que lo siguen amando, por los que aún tienen recuerdos de segunda clase, por los que no se resignaron a las amputaciones del menemismo y por los que alguna vez fueron niños sobre un andén. Vuelve el tren, volvemos a nosotros.