Palabras más, palabras menos, el diálogo entre la médica y la mujer que llegó a un centro de salud de Las Heras con síntomas de coronavirus desnudó la irresponsabilidad con que se había manejado quien, días después, fue confirmada como un caso positivo. Contó que hacía días que se sentía mal; que tenía determinados síntomas y que su padre era camionero. La médica no dudó y entendió que podía ser un vínculo epidemiológico. Entonces, hizo el cuestionario de rigor.

Ahí supo que, a pesar de haber tenido síntomas, la mujer asistió a una fiesta. Todo mal. Ya no es un tema de clases sociales. Por todos los medios existentes, se ha insistido hasta el hartazgo sobre la responsabilidad que cada uno debe asumir para prevenir contagios. Por lo tanto, no hay manera de echarle la culpa a la falta de acceso a la información.

Días antes, había sido su padre quien había llegado de la zona más roja del país en relación con la pandemia y, así y todo, se largó a hacer mudanzas y a desplazarse de un lado para el otro, a pesar de que ahora el primer test que le realizaron ha dado negativo.

Si algo no se puede cuestionar en Mendoza es la apertura que ha existido para ir recuperando lo que alguna vez conocimos como “normalidad”. Con los temores lógicos, claro, pero apelando a la conciencia ciudadana para saber cómo y dónde cuidarse, y que un paso en falso puede implicar un fuerte retroceso.

La discusión excede, incluso, el debate sobre si la cuarentena está afectando otros derechos individuales o poniendo en jaque garantías democráticas. Acá pasa por el desprecio de algunas personas a las reglas más básicas. Y ahí radica el problema.