De pronto, la casa fue distinta. Algo ocurría en su interior, algo que llamaba al asombro, como si el silencio se hubiera apropiado de gran parte de ella, como en la casa tomada de Cortázar. El marido la miró a ella y ella dijo: “Contame lo que me querías contar hace un mes y medio”. Y el marido contestó: “Ya me olvidé, pero puedo contarte algunas cosas que han ocurrido este mes y medio y aún no te has enterado”. Y comenzó con sus explicaciones. A veces paraba para que ella hiciera un comentario, sabido es que en el matrimonio un diálogo son dos monólogos disfrazados de diálogo. Y cuando paraba de hablar, el silencio se colaba por la comisura de sus labios y lo obligaban a seguir diciendo. Algo había cambiado en la casa. “¿Los muebles, cómo terminaron?”, preguntó él en un momento. “Bueno, salvo dos colchones perforados, una mesita de luz destartalada, dos veladores rotos por la escoba astillada, la tapa del inodoro partida y dos vidrios de la puerta que da a la calle fisurados, todo lo demás se salvó”. “Bueno, no es tanto”, dijo él y siguió comiendo. Esta vez los dos en silencio. “¿Y si nos peleamos un poquito nosotros y gritamos y nos tiramos cosas como hacían ellos?”. “No negro, mejor seguimos así, nos va a costar acostumbrarnos, pero ya vas a ver cómo dentro de unos días no vamos a extrañar nada”. Después de comer, él fue a la computadora, encontró el teclado frío y el visor apagado. Pero el aparato todavía transpiraba por todo lo que había tenido que laburar en treinta y cinco días. Miró la PlayStation y le pareció mentira que ese aparatito estuviese sin hacer nada. Ella le pasó un trapo al teléfono, para sacarle de encima las cinco mil huellas digitales que le habían impreso en el último tiempo. Después abrió la heladera. “¿La llenamos?”, preguntó. Él le contestó “Dale. Ahora puede ser que dure más”. Después se pusieron a ver televisión. Hacía varias semanas que no veían los programas que a ellos les gustan. Lo disfrutaron con parsimonia. Él fue y sirvió dos copas de buen vino, le ofreció una a ella y siguieron mirando la tele. Alrededor, el silencio, el infinito silencio, como en la casa tomada de Cortázar. Los niños habían vuelto a clases.
Distinto
humor
