Investigadores del Conicet de Mendoza desarrollan una vacuna para una de las 18 enfermedades más desatendidas del mundo, según catalogó la Organización Mundial de la Salud (OMS). Se trata de la leishmaniasis, causada por un parásito y que tiene gran incidencia en poblaciones pobres.
A mediados de enero se confirmó el primer caso del 2020 en el país: una mujer con alto riesgo social, de Concordia, que estaba en situación de calle, fue picada por el insecto volador.
La leishmaniasis es causada por un protozoo parásito del género Leishmania y transmitida por la picadura de flebótomos hembras infectados. Se trata de un insecto de pequeño tamaño que prefiere los ambientes húmedos y que afecta tanto a seres humanos como a animales.
Diego Cargnelutti, doctor en Ciencias Biológicas al frente del grupo integrado por cuatro investigadores, explicó que están enfocados en formulaciones de vacunas de primera y tercera generación para lograr controlar la patología en humanos ya que, las que actualmente existen, son para uso veterinario.
“Estamos trabajando en modelos experimentales, con ensayos en laboratorio y desarrollando distintas formulaciones con antígenos totales del parásito, formulados con moléculas denominadas adyuvantes que aumentan la respuesta inmunes frente a las diversas proteínas del patógeno”, detalló.
En cuanto a los ensayos, se realizan en modelos preclínicos para evaluar la respuesta inmune que generan como es el desarrollo de anticuerpos y otros componentes para contener la infección.
Si bien Cargnelutti reconoció que sus estudios están encaminados con resultados positivos, explicó que el proceso para llegar a obtener una vacuna es largo y puede extenderse entre 10 y 20 años hasta aprobarse las pruebas en individuos.

El diagnóstico
En Argentina existen dos grupos de investigación que buscan una vacuna: uno en la Universidad Nacional de Salta y otro en Mendoza, en el Instituto de Medicina y Biología Experimental de Cuyo (IMBECU), dependiente del Conicet, que trabaja en conjunto con la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Cuyo.
Ademas, en el área de parasitología de la UNCuyo en conjunto con el laboratorio de inmunologia y desarrollo de vacunas perteneciente a IMBECU-Conicet se ocupan del diagnóstico de la enfermedad. Aunque la Provincia no es una zona endémica, existen casos de pacientes infectados provenientes del Norte que vienen en épocas de cosechas; de Venezuela y Bolivia, entre otros.
María José Germanó, becaria del Conicet e integrante del equipo, refirió que “es una enfermedad subdiagnosticada” y que se conocen casos en el país de personas que han convivido hasta cinco años con el parásito.
La enfermedad tiene tres diferentes manifestaciones clínicas: cutánea (piel), mucosa (mucosa de la membrana) y visceral (la forma más grave, que afecta a los órganos internos). El diagnóstico se realiza mediante la combinación de un examen clínico con pruebas parasitológicas o serológicas.
Según alertó la OMS, su calificación es fundamental para establecer un tratamiento específico y para limitar el progreso de la afección, aliviar los signos y síntomas, y mejorar la calidad de vida de los pacientes. Si no se tratan, las formas mucosa y cutánea pueden causar deformidad y la desfiguración, y la forma visceral puede ocasionar la muerte en más del 90% de los casos no tratados.
Sin embargo tratamiento es considerado ineficiente y data de 1970, pese a que la patología como tal fue clasificada en el 1900. Es doloroso, lo que motiva a que muchos pacientes lo abandonen, por lo que para los científicos es importante que a nivel mundial se avance en esto.

Los obstáculos en la investigación
Germano afirmó que el financiamiento es clave. “Si te comparás con países del primer mundo, los avances son más lentos porque los reactivos que usamos son caros, importados. El hecho de estar en el interior del país influye también porque los insumos demoran más en llegar. Además del recurso humano, se requiere más personas que estén trabajando al mismo tiempo en el mismo objetivo”, ejemplificó.
Pese a la crisis económica, Cargnelutti sostuvo que el financiamiento ha sido continuo, tanto de organismos estatales como privados, donde han recibido dos subsidios. “La clave es administrar el recurso, que tampoco es grande”, dijo.
Una enfermedad de pobres
Los estudios en la Provincia iniciaron en 2013 con el objetivo de avanzar en la innovación científica y en la innovación social ya que el parásito tiene gran incidencia a las comunidades más vulnerables y con menor acceso a los servicios de salud del Noroeste y Nordeste del país.
Otro punto central es que con el cambio climático existe una tropicalización del continente y el vector -que se encontraba en el Ecuador- ha ido colonizando nuevos nichos, de esta forma, la patología se está dispersando.
El especialista hizo hincapié en que estas enfermedades se llaman “desatendidas” porque reciben poca atención y se ven postergadas en las prioridades de la salud pública porque los afectados carecen de influencia política. Entre ellas están el dengue, el chagas, la oncocercosis y la cisticercosis, entre otras.

La OMS alertó que en el mundo, se estima que cada año se producen entre 700.000 y un millón de nuevos casos y entre 26. 000 y 65.000 defunciones.
“Las malas condiciones de vivienda y las deficiencias de saneamiento de los hogares (por ejemplo, la ausencia de sistemas de gestión de residuos, alcantarillado abierto) pueden promover el desarrollo de los lugares de cría y reposo de los flebótomos y aumentar su acceso a la población humana”, enumeró la OMS en uno de sus más recientes informes.
Estos insectos se ven atraídos por el hacinamiento, ya que constituye una buena fuente de ingesta de sangre. Las pautas de comportamiento humano (por ejemplo, dormir a la intemperie o en el suelo) también es probable que aumenten el riesgo. Mientras que el uso de mosquiteros tratados con insecticida reduce el riesgo.
