López manejaba sin apuro. Ya iba tarde al diario, pero no le preocupaba demasiado. En realidad, estaba concentrado escuchando la radio. El Tomba acababa de empatar, y aunque el tipo era leproso, sentía una cuasimiserable curiosidad de saber cómo le iba a Godoy Cruz. En ese momento, los comentaristas insistían en el gusto a poco del partido, en el sabor amargo que había dejado el uno a uno. Recordaban el nefasto gol con la increíble colaboración del arquero tombino. Por esa “locura”, por esa escurrida del balón, el portero había sido reprobado de todas las maneras posibles. Sin embargo, otros leguleyos del micrófono reconocían sus famosas atajadas. Pero si Maradona lo convocó, pensaba López, ma sí a mí qué me importa, concluyó.
El notero de policiales se bajó del auto en el estacionamiento de la redacción y se dirigió a su escritorio. Juango, el jefe te busca, le dijo un compañero. En realidad, Juan López se había convertido en Juan Gol López por azares del periodismo, pero para abreviar lo apodaron Juango López. Enfiló sin entusiasmo a la jefatura de información. El árbitro lo mandaba llamar. Seguro lo amonestaría, pensó. Efectivamente, tuvo que dar ciertas explicaciones por informes atrasados y tardanzas, para luego recibir la rutina sobre el relevamiento de datos de un asalto a un country en Vistalba. Volvió a subir al desvencijado Fiat, mordió un choripán recién comprado y encendió la radio. La charla futbolera continuaba. Algunos opinaban que los cuatro zagueros también habían incurrido en errores.
No es tan así, razonaba Juango como respondiendo al comentario, era popular y cierto que una buena defensa comienza con un buen ataque. Y ya entusiasmado, filosofaba, la pelota pica y engaña. Pica y obedece. Va y viene en gracia y en desgracia. El manejo de la pelota es un desafío, concluyó, orgulloso de sus pensares. Al llegar a la entrada del barrio cerrado, sólo pudo hablar con un vecino que acertaba a pasar por el lugar. No es local ni visitante, se dijo. Pero le dio más información de la que López esperaba. Parece ser que el conductor de una camioneta, para entrar al predio, le había explicado al vigilador privado que debían hacer arreglos en una casa.
Más tarde, el mismo chofer, aparentemente con otros cómplices, sería el que pasó por la puerta principal con dinero y alhajas sin llamar la atención del custodio. Tarjeta roja para el guardia, dictaminó. El testimonio lo hizo en pensar lo difícil que es cuidar la entrada, el arco. Por algo los defensores se van con el pecado a cuestas, dijo en un susurro. Algunos insinúan que López llevó a cabo una entrevista con los encargados de la seguridad del country y logró hacerles confesar su complicidad en el atraco. Yo no lo puedo afirmar.
