Al próximo Gobierno nacional le asoman varios objetivos a cumplir considerados prioritarios, y ninguno de ellos podría superar a cualquier otro. Ordenar la economía y hacerla crecer tras una promesa cierta de devolver al país hacia un sendero de confianza y credibilidad, sin ninguna duda que tanto para Alberto Fernández –el favorito por lejos–, como para Mauricio Macri –quien corre bastante detrás del referente opositor–, son metas urgentes por las que deberán ponerse a trabajar con toda la fuerza del Estado, de la energía que da el poder de las urnas y la compañía mayoritaria de un pueblo que una vez más ha visto cómo se ha dejado pasar una oportunidad para normalizarlo.
Pero, junto con aquello, inevitable y esencial para tranquilizar y devolver la esperanza a los más de 45 millones de habitantes, la nueva administración tendrá que hacer un esfuerzo descomunal y sublime para terminar con la división del país, que parece haberlo arruinado culturalmente. Puede ser que la grieta o la fractura social haya surgido por cuestiones ideológicas, quizás, una vez que la centroderecha, por primera vez, se mostró competitiva electoralmente a tal punto que alcanzó el poder en el 2015 remozada, renovada y, por sobre todas las cosas, respetuosa de las reglas de la democracia. Sus anteriores presentaciones en Argentina habían llegado de la mano de asonadas militares desde lo estrictamente político y económico, o con medidas económicas que se disimularon tras una fachada que sugerían todo lo contrario de lo que terminaron siendo: un plan económico-liberal sustentado en el ajuste de todas las cuentas.
Si Macri llega a conseguir el milagro de la reelección, está claro que deberá poner buena parte de sus ideales con los que llegó a gobernar la Argentina en el 2015 bajo revisión. Con una parte quizás se quede corto, para ser más claro. Pero hablar de lo que debería hacer Macri con una segunda oportunidad es por poco someterse a la ciencia ficción. Será Fernández, más probablemente, el que reciba la presión por la necesaria normalización en las relaciones entre los argentinos, además, claro está, del resurgimiento económico.
Fernández ha mostrado moderación y ha debido hacer un esfuerzo extra por decirles a los argentinos que no es Cristina, que no es aquello que el kirchnerismo dejó como estela en el terreno de lo puramente cultural y en el de la convivencia social. Muchos periodistas dejaron de serlo para convertirse en militantes, lo propio pasó con varios científicos, con los artistas, con curas, trabajadores sociales, docentes, educadores y profesores, de un lado y de otro de la grieta.
Lo que se trastocó, en gran medida, fue el objetivo que millones de argentinos tenían persiguiendo su propia realización. Entonces, cada bando asumió una causa colectiva que puso toda la energía –la de todos– en la diferenciación del otro, estimulados con ese eslogan que tanto unos como otros lo compartieron cuando se multiplicaban las visiones de que la patria se encontraba en peligro. Varios años después de vivir en ese constante supuesto peligro y de fracturas inútiles, bien se puede concluir que ese estímulo para estar siempre activo y en guardia frente al otro, no ha sido más que el método que utilizó el poder, tanto el grupo que lo ejercía como el que lo anhelaba, para mantener vigentes sus proyectos.
La tarea por delante puede llegar a ser titánica para quien asuma el Ejecutivo desde el 10 de diciembre. El nuevo gobierno tendrá que concentrarse duramente para lograr unir a la mayoría del país detrás de un objetivo que no sea otro que el de la búsqueda de la normalidad. Establecer un nuevo contrato que fije pautas mínimas para no hacer más duro todo lo que hay que transitar.
Para cuando se estrene la nueva administración, tendrá por delante los primeros meses en los que deberá desplegar todo el arsenal con el que piensa llegar para enderezar una Argentina que vive de tumbos en tumbos. Será el tiempo de la luna de miel con los electores, en la que se espera que el Gobierno ponga en marcha su plan. Lunas de miel que, hay que decirlo, han sido cada vez más cortas, producto de la impaciencia y frustración que han producido la toma de medidas infructuosas y extremadamente perjudiciales para la mayoría. Eso está claro.
Ahora, los nuevos tiempos por venir le impondrán al presidente electo otras metas, además de las puramente económicas. Señales claras que demandarán las instituciones y sus objetivos. También las tendrá la Justicia, la que no tiene otra alternativa que regenerarse por su propia credibilidad. La tendrán los medios, redescubriendo ese rol que perdieron hace tiempo y que los hizo caer en los confines del desprestigio total. Y, así como ellos, se suman las otras corporaciones fuertes e influyentes, como la de los sindicatos y los empresarios. La nueva Argentina no resiste más decepciones, al menos de las generaciones que hoy la sustentan.
