Buenos días, a pesar de todo. Sabido es, y reconocido por todos, que los mendocinos manejamos mal. El tránsito de esta ciudad es tan caótico, que vino Schumacher de vacaciones y le dio estrés súbito. Hice alguna consideración al respecto en una charla familiar, y mi hijo Ale me dijo: “Es coherente, manejamos igual que caminamos”. Entonces me puse a observar cómo caminamos. Hay para todos los gustos; están los que van apurados a trancos largos y no se paran ni aunque el semáforo esté en contra; están los que van apurados y, además, atropellan, van pegando con distintas partes de sus cuerpos en distintas partes de los cuerpos que pasan y diciendo “ón” a cada rato –y uno no sabe si el “ón” es de perdón o de huevón–, embisten todo, son los rugbiers de los peatones y agravan la situación cuando frenan o doblan de repente sin una seña, sin sacar la mano, porque desconciertan a todos los que vienen detrás; muchos doblan con ellos, contagiados, aunque no tengan que doblar: no importa, doblan igual. Están los que caminan distraídos, esto puede producirse porque el tipo es un volado de aquellos que mira los pajaritos mientras pisa las cacas de perro o porque va hablando por teléfono y confronta con dos realidades: la realidad de su charla telefónica con la realidad que va caminando, y no le da para las dos tareas; entonces, camina desconcertado, haciendo zigzag y ademanes e, invariablemente, se pasa dos cuadras del lugar adonde iba. Pero, los peores son los lentos. Los tipos no tienen apuro alguno, así que no caminan, reptan, como babosa sobre salpicré, y van deteniendo todo el flujo caminador que tienen a sus espaldas, entonces, se arma una manifestación de gente que no tenía la menor intención de participar en una manifestación. Claro que, en descargo de los caminadores, debo decir que el camino, los caminos, las veredas, en todo caso, están llenas de obstáculos: baldosas flojas, agujeros que procuran frecuentes esguinces, mesas de bares que invaden las veredas y para pasar les dejan a los peatones un desfiladero chiquitito. Gente de Telefónica que continuamente está haciendo zanjas: aunque no tenga que poner nada, hace zanjas igual; gendarmes que están parados en las esquinas sacando barriga porque para pecho no les da; los empleados municipales, que te pasan las escobas de hojas de palmera por el medio de las patas; niños de dos años que caminan sin rumbo y, al parecer, sin padres, y autos estacionados en las veredas porque a sus conductores les resulta incómodo estacionar a una cuadra. Y no quiero hablar de los que cruzan por la mitad de la calle y dándole la espalda al tránsito. No es fácil caminar por Mendoza. En fin, como decía Machado: Mendocino, “no hay camino/ se hace camino al andar”.