Es común escuchar en la calle: “Ya no quedan lugares seguros en Mendoza. Te afanan en todos lados. Si vas caminando, te afanan; si te quedás detrás de las rejas, te afanan las rejas; si vas en colectivo, te afanan; si vas en auto, te afanan. Algunos ladrones no salen a robar de noche por temor a que los asalten. Los sistemas de alarmas sirven para que uno se entere de que ya le afanaron. No hay cerradura segura ni choco que detenga a los ladrones. Entonces, hace tiempo aparecieron los barrios privados –o los country si usted quiere darle una pincelada de invasión–. Bueno, no fue solamente por cuestiones de seguridad, también el status tuvo mucho que ver. No sea un ciudadano más, sea un ciudadano de primera, viviendo adentro de la conejera. Claro que encerrarse, muchas veces no significa la felicidad y, si no me cree, vea la película argentina Las viudas de los jueves. Son las nuevas formas de los castillos feudales que estaban rodeados por altos paredones y fosos y no cualquiera podía entrar al lugar. Había que ser caballero o noble y tener un caballo cuatro por cuatro, si no, no entrabas. El country Terrazas del Pescara te propone una vida distinta, paz, tranquilidad, privacidad, lujosidad y seguridad. Seguridad, la pindonga. Resulta que ahora, un sector de los chorros se dedica a robar precisamente estos lugares. Ya son varios los casos que se han producido en nuestra provincia y la tendencia parece ir in crescendo. De nada valen los muros, los alambrados eléctricos, los sistemas de alarmas, la vigilancia privada, el apoyo de la vigilancia pública, el status del dueño de casa y el rottweiller con cara de Ricardo Fort en el patio de la mansión, los cacos se las arreglan y entran igual. Y entonces ¿para qué me gasté una fortuna en busca de salvarme de los delincuentes, ah? Me hubiera convenido ir a pedir una casita el Instituto Provincial de la Vivienda. En fin, el que quiera celeste que junte azul y blanco. Ya no se puede estar tranquilo en ningún lado, doña Ermenegilda, un amigo mío no sabe si ir de vacaciones a Reñaca o a la Serena, lo asaltó la duda.