La energía astrologica de este año sin duda está colaborando a reformular los conceptos de amor, miedo y voluntad. Es muy difícil identificar lo momentos o episodios de nuestras vida en dónde comenzamos a utilizar el miedo como estrategia de evaluación. Más allá del comportamiento instintivo de seguridad, que nos permite mantenernos con vida frente a amenazas reales y gracias a nuestra biología funciona en automático, es muy difícil con el tiempo identificar cuando estamos actuando con miedo sin estar bajo amenaza cierta. La mayoría de los estados de alerta o amenazas en nuestra vida cotidiana que podemos mencionar en relación al trabajo, a la vida en familia y a las relaciones de pareja se basan en supuestas lecciones del pasado o probables expectativas que no se cumplirán. Sin embargo, socialmente es muy bien considerado, e incluso alabado como sinónimo de inteligencia actuar de esta forma, prevenir dolores del pasado y evitar ataques de molinos de viento. Es ser racional y prudente, actuar desde el miedo, una persona inteligente aprende, un bruto no. El asunto es que a este lema de acción le falta un pequeño y gran detalle: evaluar el contexto.
Casi el 99% de las veces olvidamos actualizar la información con la que contamos para tomar decisiones, olvidamos recordar que no somos los mismos que hace 20 años y mucho menos lo es el mundo o la situación que nos acontece. El miedo es un sendero, pero no una razón. El miedo es una respuesta orquestada, como un diseño de luces en una pista de aterrizaje, pero no es el destino ni mucho menos el avión. El miedo simplemente nos permite aterrizar.
Astrológicamente estamos viviendo un período de grandes cambios, aunque sean dramáticos e intensos todos son parte de una pista de aterrizaje, no son un fin en sí mismos. Estamos finalizando 200 años de energía del elemento tierra para iniciar como raza un período en el cual las relaciones, la comunicación y vínculos no serán lo mismo y poco a poco, iremos construyendo nuevas interpretaciones para cada una de estas palabras. Todo esto se vincula con una comprensión mayor del amor. El amor es el destino, porque probablemente más allá de la idea metafórica de romance que todos tenemos, el amor sea una ley de vinculación o un fenómeno físico tan real y cuantificable como el electromagnetismo, la gravedad, la fuerza débil y las fuerzas nucleares, muchas cosas seguramente descubriremos los próximos 200 años.
Por este tiempo con Venus retrogradando en Géminis, la pregunta conveniente es: ¿qué ganamos cuando tomamos medidas de precaución basadas en tiempos pasados?¿ganamos seguridad?¿ganamos certezas?¿ganamos control?. El gran cambio sistémico que estamos viendo como resultado del aislamiento social nos lleva a hablar de nuevos estilos de liderazgo, nuevos hábitos de consumo, nuevas formas de relacionarnos y parece que ser resilientes y “tener adaptabilidad” es la piedra filosofal del momento. Al igual como lo fue en la edad media la piedra filosofal, quizas ser adaptable es una palabra mitica de moda. No se compra, ni siquiera es posible de definirla sin citar un sujeto y una serie de situaciones. Hablamos de adaptabilidad sin hablar de voluntad y seguimos sin cuestionar de forma más profunda la necesidad y garantía de funcionar desde el recaudo del miedo. Y aún cuando la adaptabilidad probablemente tiene más que ver con la capacidad de leer un contexto actual y la resiliencia de un material en su concepto más básico es la energía de deformación capaz de ser recuperada cuando cesa el esfuerzo. Elegimos no soltar lo que genera el esfuerzo.
La clave para navegar este año es lo cotidiano, lo simple, lo que habita la rutina. La clave es elegir amar a diario, cuestionar el fundamento de mis miedos, conectar con la voluntad de elegir los detalles de la vida: lo que escucho, lo que digo, mi actitud frente a un evento. Conectar con la voluntad de elegir a qué y a quién le dedico mi energía, mis recursos, mi tiempo, mi atención, mi fuerza motriz, mi amor.
