Aguas calientes ni siquiera llega a ser ciudad, es un caserío de algunas cuadras, póngale diez, si quiere una aproximación, donde todos viven del turismo. Restaurantes, pensiones, hoteles, bares, mercados, ferias. Nada lujosos pero con precios de lujo. Es el poblado más cercano a Machu Picchu. Tiene las termas del Inca donde alguna vez sumergí este cuerpito que ustedes ven y pensé en mil historias que me ligaban a esos señores dignatarios de los quichuas que iban al lugar a buscar salud y purificarse. A Aguas Calientes se llega de dos maneras, por tren, o caminando por el Camino del Inca. La experiencia es fascinante, única, especial. Andando en ese tren que nos acercaba a Aguas Calientes pensé, hace cuatro años atrás: si el río se desborda, aquí no hay forma de salir. Pues es lo que ocurrió. Y entonces, Aguas Calientes dejó de ser la antesala del paraíso para ser propiedad del infierno. Cientos de turistas rogando salir de allí. En Aguas Calientes no abunda la comida, la asistencia sanitaria es mínima, la subsistencia en condiciones extremas es precaria. Es bellísimo en situación de turismo, pero muy peligroso en casi de desastre. Quinientos turistas quedaron varados en Aguas Calientes, entonces llegaron los helicópteros peruanos para salvarlos y ¿ a quién cargaron primero? Pues a los norteamericanos. ¿Usted de qué nacionalidad es? Yo soy argentino. Vuelva la otra semana, ahora estamos ocupados en rescatar gente. Che, loco, ¿los turistas que no son norteamericanos, no son gente? ¿no son también personas como los norteamericanos? Pobre entonces de los nativos de Aguas Calientes, deberán esperar a que se seque el río para poder salir. Esto es lo que hace injusto al mundo: la existencia de los habitantes de primera y los otros, los que viven en países que no son potencias. Ocurre con el maltrato de los inmigrantes en Europa, ocurre con las minorías étnicas en la propia Norteamérica, ocurre con los pueblos indígenas de tantos países latinoamericanos, y ocurre también entre nosotros, o nunca escuchó usted decir a alguno de sus conocidos, refiriéndose a la gente que vive en los barrios marginales: esos negros de mierda. La vida hace estas distinciones, la muerte no.