Juan es un porteño de clase media, con un trabajo ligado al arte y la comunicación, es reconocido en el ambiente en el que se mueve; está casado, tiene 49 años, dos hijos, los jueves juega al fútbol con un grupo de colegas desde hace muchos años y tiene un secreto.
Su mayor miedo es que alguien conozca su secreto.
Peor aún, que lo devele a los demás.
Alguna vez pensó hacerse cargo, contar eso que le quemaba, salir del closet, gritar su verdad a los cuatro vientos y que pase lo que tenga que pasar. Además, él sabe que no está haciendo nada malo; al contrario, en la intimidad se siente orgulloso de su elección. Llegó a pensar: “Es posible que haya otros como yo que callan para no deschavarse”; pero también pensó: “Hasta ahora venía bien, sosteniendo este silencio, bastante vergonzoso pero cómodo. ¿Para qué complicarme en discusiones estúpidas y arruinar las noches de los jueves que tanto me gustan? Si fueran mis amigos íntimos me animaría, pero son sólo gente que conozco hace mucho tiempo y a los que les tengo estima, cariño y respeto. ¿No quiero arruinar las noches de los jueves o en realidad es que no quiero defraudarlos?”.
En el invierno del 2019, Juan se fue de vacaciones con su familia y con familias amigas a Vaquería, un hotel cerca de Valle Hermoso, una reserva natural al pie de las sierras cordobesas. Unas veinticinco personas, todas con hijos de edades parecidas, conocidos o conocidos de conocidos. Se sabe, en esas largas caminatas, en esas tardes de mate eterno, en esas noches de sobremesas cansinas, se dan charlas y en las charlas siempre se tocan temas personales. Juan teme que en cualquier momento le hagan la pregunta que, sabe, lo sacará del afecto, de la consideración, hasta de las conversaciones.
Juan votó a Cambiemos en el 2015 y quiere volver a votar a Mauricio Macri en las elecciones –que todavía no habían ocurrido- en 2019.
Ese es su gran secreto.
Juan es Juan Villegas, director y productor de cine, y esto que le ocurrió lo cuenta con lujo de detalles en su libro “Diario de la Grieta”. Sabe que su historia no es interesante por original, sino, justamente, por compartida. Hay muchos otros Juanes que, lo intuye, sienten lo mismo que él. Escribió ese libro casi sin proponérselo, empezó como un diario íntimo, para no perder la memoria y ahora está en las librerías de todo el país.
Juan, como millones de argentinos, cree en la libertad, en la tolerancia, en la Constitución. Por increíble que parezca, para muchos argentinos eso lo convierte en un monstruo. En alguien “sin identidad política”. En un “anti”. En un “odiador”. En un “violento”. Por eso el tipo silba bajito y no participa en discusiones políticas. Porque si pertenecer tiene sus privilegios, no pertenecer tiene su castigo.
¿Qué es lo que hace que un ciudadano no pueda expresar libremente sus ideas en un grupo de conocidos? A alguien le ha interesado y mucho que sea un enemigo. Ha construido su poder a partir de ahí: encontrar otro en el que cargar las culpas, otro que resume todo lo malo, todo lo abyecto, todo lo que no. El enemigo es el otro. Nada adhiere tanto al poder como un enemigo en común. El populismo que nos gobierna encontró ese enemigo perfecto en todos los que no le rinden pleitesía, todos quienes siguen apostando por las libertades personales, todos quienes creen que el camino de empobrecimiento y autoritarismo que tomó el país desde el 10 de diciembre del ’19 es un error que se pagará –se está pagando- muy caro.
No hay disenso posible.
Es “Sí, Cristina” o el escarnio.
Ya lo dijo la megamechera intergaláctica, su manera de gobernar es esa: “Miedo a Dios y un poquito a mí”.
La mafia no perdona un cuestionamiento al padrino. Mejor seguir la corriente: siempre se puede ligar un carguito estatal, un mendrugo partidario, una prebenda oficial. En cambio, decir simplemente “no” es el pasaporte seguro a la expulsión del paraíso progresista, ese caldo donde se cultivan viajes a ferias del libro, livianas humillaciones a cambio de un subsidio salvador, la posibilidad de integrar un observatorio, un conversatorio, un mingitorio; ese nirvana en donde todos son amigos y se recomiendan y se felicitan y se agasajan y se celebran por estar siempre del lado que hay que estar. Ninguno de ellos sacará los pies del plato y serán los primeros en tirar la piedra si alguien osa decir que el rey está desnudo. Tirar piedras a los disientes es algo que está muy bien visto en el Olimpo de los progresistas. Castigar al que desafía tiene dos consecuencias: por un lado, te hace quedar bien ante los jefes y la manada, por otro es pedagógico. Enseña que nadar contracorriente está prohibido.
La esencia del bullying adolescente aplicada a la política.
Le pasa a la escritora Pola Oloixarac, le pasa a Luis Brandoni, le pasa a Juan Campanella, le pasa nada más ni nada menos que a Juan José Sebrelli y, en su momento, a Jorge Luis Borges o a Astor Piazzolla. “Los caniches del poder” –como los llamó Andrés Calamaro en Twiter y tuvo que cerrar su cuenta- ladran y mueven la cola para que la megamechera y sus cortesanos, cada tanto, los miren condescendientes y les tiren algún mendrugo menesteroso.
Qué triste ser alguien así.
Gran parte de nuestra perfumada colonia artística, nuestro mundo intelectual y empresario vive así.
¿Qué consecuencias tienen el miedo y la falta de disenso? Una jauría de fanáticos defendiendo cada una de las medidas por contradictorias que sean y denostando sin vueltas a quien quiera que tenga una mirada diferente que pasa a ser una muestra evidente de miserabilidad, violencia y, claro, odio. A los fanáticos les encanta ver odio en cualquier cuestionamiento: “Un millón y medio de chicos pobres se descuelgan para siempre del sistema educativo” dice alguien y las almas sensibles contestan. “Vos estás lleno de odio”. Odio, para ellos, es no ser ellos.
Nada nuevo.
El admirador de Mussolini, amigo del Generalísimo Franco y del General Stroessner, ya decía “a los amigos, todo, a los enemigos, ni justicia”. Y eso es lo que vuelven a hacer, ochenta años después, porque encima, son anacrónicos; viven en un mundo que dejó de existir hace tiempo y “futuro” es una palabra que los deja inmóviles. Nombran insistentemente a Santiago Maldonado, pero desconocen fervientemente a Florencia Magalí Morales, Franco Maranguella, Francisco Vivandelli, Mauro Ledesma, Luis Espinoza, Facundo Astudillo y tantas otras víctimas de la puerta de represión que abrió el DNU presidencial que persiguió a los que osaron desafiar la cuarentena, o peor aún, aquellos a quienes el poder creyó que estaban desafiando la cuarentena.
Si alguien del poder reconoce que cambia trabajo en el Estado por deuda privada, está bien.
Si un señor feudal cierra las fronteras de su provincia dejando que –literalmente- mueran sus comprovincianos, está bien.
Si no hay clases presenciales porque nadie se preocupa en preparar el mínimo protocolo, está bien.
Si desde 1920 en el país no se comía tan poca carne, está bien.
Si se suspende la vacunación anunciada como la más importante de la historia porque metieron las vacunas en un freezer enchufado a una zapatilla común, está bien.
Si Caleta Olivia periódicamente está sin agua, está bien.
Si se cierran las fuentes de trabajo, está bien.
Si en el medio de la miseria, la megamechera intergaláctica cobrará una pequeña fortuna mensual sin pagar ganancias, está bien, nadie le hablará de la “solidaridad” que se le pide a los jubilados que cobran la mínima.
Si la tasa de indigencia, según el INVECQ es en el primer semestre de 2020 la más alta en 13 años y más que duplica a la del año 2017, en medio del denostado gobierno maléfico y neoliberal de Mauricio Macri, está bien.
Si el país es empujado al tacho de los amigos de los dictadores asesinos, está bien.
Los líderes no se equivocan jamás.
Si algo no sale como lo planeado, la culpa la tiene Macri, se sabe. O el neoliberalismo.
Todo está rodeado de una pátina de solemnidad y militancia; todo es gris, direccionado, autoritario. Hasta a la diversidad sexual quieren convertir en uniforme. La libertad les resulta sospechosa ¿por qué alguien querría discutir al líder?
Algún día tendrán que explicar cómo una conducta tan servil, ciega y esclava osó nombrarse “progresista”.
En este contexto, pararse y decir “no” ha dejado de ser una opción para miles de trabajadores del Estado. Sí, se puede perder un trabajo por no ser fiel al partido. Los despidos de técnicos de carrera en las empresas estatales lo corroboran. Como en cualquier régimen autoritario. El espiral de silencio los ayuda.
Hay ejemplos muy claros y preocupantes: que las asociaciones de médicos, los periodistas científicos y la academia no sean totalmente claros al momento de advertir a la población que la vacuna que llegó en cuentagotas al país quizás sea, sí, un mágico elixir que nos solucione el problema de la pandemia pero no hay todavía información científica que la avale, es un drama que está pasando inadvertido pero que llevará años revertir. Nadie puede decir que la vacuna es mala. Ni buena. Pero los científicos argentinos, envueltos en su nube radioactiva de militancia y pedos, miran para otro lado, dicen que ya, ya, ya, llegan los papeles que permitirían vacunar a los mayores de 60. Y mientras esperamos los datos, nos vacunamos igual porque coso. Catalogan de “anticientíficos” y “antivacunas” justamente a aquellos pocos que públicamente se apegan a criterios científicos y recuerdan que el único aval de la Sputnik es un permiso político. Si alguien dice “hay que vacunarse… con vacunas”, es catalogado de anticientífico y antivacunas por aquellos que deberían ser la garantía de la ciencia en el país.
Cuando Sandra Pitta osó cuestionar algunos aspectos de la comunidad científica argentina fue señalada por el dueño de Dylan, le hizo un circulito alrededor para que todos “los caniches del poder”, los amigos coniceteros, la despedacen cada vez, relojeándose entre ellos, midiéndose a ver quien fue más lejos en el agravio, aplaudiéndose, vanagloriándose de pertenecer. Hoy los salarios del Conicet son los más bajos en cinco años y los más bajos de la región. Los fondos de la institución para 2021 son un 20,8% menores en este gobierno de científicos que los de 2019 en el gobierno de los CEOs. Pero no importa porque “Alberto” dijo “este es un gobierno de científicos”.
¿Exageraba Juan Villegas con su silencio? ¿Qué pasaba si se abría frente a los padres de los compañeros del colegio progre de sus hijos, sus colegas del cine, el círculo intelectual y artístico donde se mueve?
Al clima que cuenta Villegas se llegó a través de los años y fueron “voces autorizadas” del panorama artístico nacional quienes contribuyeron a ello.
Peteco Carabajal, quizás el compositor folklórico más importante de las últimas décadas, dijo el 7 de agosto de 2019 –mientras Villegas no le contaba ni a sus compañeros de fútbol que pensaba votar a Macri- que “si te considerás argentino, no podés votar a Macri”. Según Peteco, hay en el país 10.811.586 ciudadanos que no pueden considerarse argentinos. Serán alienígenas, sea monkeys o unicornios azules, pero argentinos, no.
El 26 de febrero de 2019, en un festival transmitido en vivo por la televisión estatal desde Entre Ríos, el cantante Miguel Mateos gritó presentando un tema “Un poco de satisfacción, Macri, la puta madre que te parió”. Seguramente tanto entre el público que asistía al show en directo como aquellos que lo seguían por televisión, hubo gente que se sintió muy incómoda pero prefirió callar, contribuyendo a la idea de que todos estaban de acuerdo con el insulto. Eso busca el autoritarismo.
Con motivo de celebrar sus 45 años de carrera, la prestigiosa actriz Cristina Banegas dio una entrevista y en ella contó que cuando vio carteles de Macri en la ciudad de Buenos Aires con el slogan “Haciendo Buenos Aires” pensó “¡Qué hijo de puta! ¿Vos venís a hacer Buenos Aires? ¡Qué hijo de puta!”.
En marzo de 2018, en el programa de la televisión estatal “Cocineros argentinos” una banda interpretó una melodía que todos reconocían como “Mauricio Macri la puta que te parió”. El conductor, el cocinero Guillermo Calabrese agregó jocoso: “El hit del verano”.
El 3 de septiembre de 2018, el actor Esteban Lamothe tuiteó “¡Mauricio Macri andate a la mierda te lo pido por favor!”. Al poco rato cambió ese mensaje por otro que decía, en desastrada gramática: “Borré mis tuits que repudiaban a Macri porque los defensores de este payaso, además de ser bobos, no saben leer. ¡Burros!”. No le alcanzó con insultar al presidente, también insultó a sus seguidores.
No eran figuras exponiendo libremente una idea política. Eran señaladores de superioridad moral. Y ejemplos de lo que se podía y debía y lo que no, si se quería pertenecer. No debieron pagar ningún costo porque insultaron al que el populismo había nominado para eso.
Juan Villegas entendió que para uno ser quien verdaderamente es, hay que salir del closet. Al bullying se lo enfrenta; esconderse sólo le da más fuerza al abusador. Puede ser que estemos equivocados, claro, para eso sirve el debate. Ahora, cuando ese debate se clausura con insultos y amenazas, te demuestran que tan equivocado no estabas.
Salir del closet ideológico hoy, para mucha gente, es tan difícil como salir del closet sexual hace poco.
Pero no hay otra opción.
Uno no tiene amigos verdaderos si tiene que ocultar aquello que lo mueve por dentro. Hay que salir y cantar, otra vez, a los gritos: “¡Soy lo que soy!”.
Quienes tienen que temblar son los caniches.
