Tel Aviv y Gaza están situadas en la misma línea de costa en el Mediterráneo y ambas tienen una población de unos 400.000 habitantes. Pero ahí es donde cesan las similitudes entre la capital económica de Israel y la capital de la Franja de Gaza. Las dos ciudades se encuentran a pocas decenas de kilómetros, pero las separa un verdadero abismo.
Desde el puerto moderno de Tel Aviv, el conflicto de Cercano Oriente parece bien lejano. En sus elegantes restaurantes y cafeterías se sienta una clientela cosmopolita, de corte occidental, que puede comprar en las tiendas anexas ropa de última moda. No se ven palestinos, soldados o muros de separación.
La ciudad de Gaza es, por el contrario, la capital de un territorio que ya era un foco de conflicto mucho antes de la ofensiva militar israelí y en el que la calidad de vida de la población ha venido empeorando radicalmente en los últimos años debido a las medidas de presión israelí contra la organización islamista palestina Hamas.
La Franja de Gaza es uno de los territorios más densamente poblados del mundo. Su millón y medio de habitantes vive apiñado en una superficie de apenas 40 por 10 kilómetros. Más de la mitad tienen menos de 20 años y más de 70 por ciento es refugiado, es decir, palestinos o descendientes de palestinos que huyeron o fueron expulsados de sus casas tras la fundación del Estado de Israel en 1948. Más de 80 por ciento vive bajo el umbral de la pobreza.
Ante la situación, el escritor israelí Amos Oz considera que la raíz del problema de Gaza son los “cientos de miles de personas que están pudriéndose allí en campamentos de refugiados, que son hervideros de pobreza y desesperación, de ignorancia, de fanatismo nacional y religioso, de odio y violencia”.
Según el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2007 y autor de Una historia de amor y oscuridad o No digas noche, la situación no se solucionará mientras esa gente siga sin divisar, aunque sea en el horizonte, un mínimo de esperanza.
En agosto del 2005, Israel retiró sus soldados y sus 21 asentamientos del interior de la Franja de Gaza. En ellos vivían unos 8.000 colonos judíos radicales, cuya protección requería fuertes esfuerzos de parte del Ejército. Su retirada supuso oficialmente el fin de la ocupación del territorio y trajo esperanzas de paz, pero Israel continuó manteniendo un estricto cerco por tierra, mar y aire.
Un símbolo de dicho cerco es el aeropuerto construido en el sur de Gaza gracias a una importante ayuda de España. El entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, fue, el 21 de julio de 1999, el primer mandatario no árabe en utilizarlo. Pero, apenas año y medio después, el Ejército israelí lo destruyó, agujereando su pista de 3.008 metros con varios bulldozers, hasta dejarla inutilizable.
Todos los pasos fronterizos de Gaza dan a Israel, menos uno, el de Rafah, en la frontera con Egipto. Este paso estaba llamado a convertirse en la puerta de los palestinos al mundo. Tras la retirada israelí, fue transferido a las fuerzas de la Autoridad Nacional Palestina del presidente Mahmud Abbas, que comenzaron a operarlo junto con una misión de observadores europea y bajo la atenta mirada de cámaras del Ejército israelí. Sin embargo, está cerrado desde hace año y medio.
Fue en una situación tan deprimida como la de Gaza en la que una organización radical como Hamas encontró las condiciones idóneas para desarrollarse y convertirse en uno de los actores principales en el conflicto de Cercano Oriente.
Durante mucho tiempo, los israelíes contemplaron como su principal enemigo al movimiento Al Fatah, fundado por Yasir Arafat. Por ello, tras el comienzo de la ocupación de los territorios palestinos, en 1967, permitieron que los islamistas aumentaran su influencia, bajo la suposición de que los jóvenes que participaban en sus actividades caritativas no acabarían luchando para los hombres de Arafat.
Sin embargo, con la primera intifada palestina de 1987, los islamistas fundaron su propia organización armada, reuniendo a varios grupos militantes bajo el nombre de Movimiento de Resistencia Islámico (en árabe, Harakat al Mukavama al Islamiya –Hamas–). Hamas comenzó entonces a luchar contra Israel, cuyo derecho de existencia no reconoce, y también contra Al Fatah, que, ante el desacuerdo de muchos, comenzaba a trasladar la lucha armada al terreno político.
Hamas tiene sus orígenes en la Hermandad del Islam, fundada en 1928 en Egipto y que en los años 40 estableció una sucursal en Gaza y más tarde en Jerusalén. La organización alcanzó una gran popularidad con su trabajo social y caritativo; abrió hospitales y ofreció cursos de alfabetización, reforzando la solidaridad entre musulmanes y dirigiéndose tanto a jóvenes como a viejos.
Mientras Al Fatah se orienta en revoluciones seculares, Hamas tiene siempre una motivación religiosa en su lucha política y armada.Ve la guerra santa como la vía para solucionar la cuestión palestina y se contempla a sí mismo como un instrumento divino.
En la Franja de Gaza consiguió una gran influencia al levantar toda una red educativa y de atención social en medio de la persistente ocupación israelí y el régimen de corrupción de Al Fatah, mientras que su brazo armado, las Brigadas de Izzedin Al Qassam, perpetraban atentados en Israel. Más tarde, consiguió extender esa influencia a toda la sociedad palestina en las elecciones parlamentarias de enero del 2006, las primeras a las que se presentó y en las que consiguió la mayoría absoluta. Su llegada al poder trajo sanciones internacionales a los palestinos que no desaparecieron cuando, un año después, Hamas accedió a regañadientes, en La Meca, a la formación de un gobierno de unidad nacional, con participación de Al Fatah y otras fuerzas.
Dicho gobierno se rompió en junio del 2007, cuando Hamas tomó el poder en solitario en la Franja de Gaza expulsando de las instituciones de gobierno y de seguridad del territorio a las fuerzas afines a Al Fatah, liderado por Abbas tras la muerte de Arafat.
En medio de la carencia de medios de Gaza,Hamas ideó un arma con la cual poder atacar a Israel sin abandonar el territorio: el cohete Qassam. Un Qassam, fabricado en talleres clandestinos dentro de Gaza, es un tubo de fontanería que los milicianos llenan de productos cotidianos como azúcar o fertilizantes, de combinación explosiva.
La Franja de Gaza está rodeada en su mayor parte de una verja de alambre que permite ver a lo lejos a Sderot, Ascalón, Ashdod y otras ciudades israelíes. Los Qassam, cuyas versiones más avanzadas tienen un alcance de hasta 10 kilómetros, no disponen de mecanismos de guía y son disparados a ojo. En la mayoría de los casos, caen en el desierto, sin que se produzcan daños ni víctimas. Sin embargo, los más de 10.000 lanzamientos registrados en los últimos ocho años han dejado ya más de 30 muertos, según recuentos israelíes.
En los últimos años, Israel ha venido aumentando la presión sobre la Franja de Gaza, dependiendo del número de cohetes lanzados. En setiembre del 2007 declaró “entidad hostil” a la Franja y pasó a permitir sólo la entrada de 19 productos básicos, entre ellos, no más de seis tipos de alimentos.
Las fábricas se quedaron entonces sin materias primas con las que poder funcionar y la economía local quebró. La situación humanitaria empeoró radicalmente y la población pasó a ser todavía más dependiente de la ayuda internacional y el contrabando, practicado a través de cientos de túneles construidos bajo la frontera de Rafah.
Pese a la presión israelí, los lanzamientos continuaron.
Desde el 5 de noviembre, el Estado judío venía ya sólo abriendo esporádicamente las fronteras para permitir el paso de la ayuda humanitaria más básica.
Finalmente, Israel cumplió sus amenazas y lanzó, el 27 de diciembre, su ofensiva militar, primero por aire y, una semana más tarde, también por tierra y mar.
La Franja de Gaza, un territorio explosivo
La zona es una de las más densamente pobladas de la región. Día a día, la caída de misiles y cualquier otro tipo de ataque hacen que el miedo sea el factor común de sus habitantes.
