Hace 25 años, el mundo se sumió en un duelo colectivo tras conocer la trágica muerte de Diana de Gales en un accidente de coche en París, al tiempo que criticaban la frialdad de la familia real por permanecer en Escocia mientras la población lloraba a su princesa más querida.

La reja del palacio de Kensington, la que fuera la residencia londinense de la princesa, está hoy decorada con una gran pancarta con fotos de Diana, flores, una bandera británica y también un adorno floral en blanco y rosa que dice: “Princesa Diana”.

Estos modestos recuerdos contrastan con el mar de flores, tarjetas y osos de peluche que se formó ante el palacio a partir de aquel fatídico 31 de agosto de 1997, cuando los británicos despertaban con la noticia de la muerte de Lady Di en un accidente, en el que perdieron la vida su amigo Dodi Al Fayed y el conductor Henry Paul.

El “objeto de deseo” de los paparazzis

Diana de Gales fue la mujer más fotografiada por la prensa. Su último verano en la Costa Azul y Córcega fue un caramelo para los paparazzi que hicieron el agosto con las instantáneas de la princesa de Gales, antes de iniciar una carrera mortífera en París en la que Lady Di perdió la vida.

Las últimas horas con vida de Lady Di pusieron en evidencia la que seguramente fuera una de las relaciones de amor más tóxicas de la historia de la prensa. Desde que fue fotografiada por primera vez en 1980, Diana de Gales se había convertido en la celebridad más fotografiada, adorada y perseguida por los medios.

Obtener la instantánea de la princesa con su nuevo amante, Dodi Al-Fayed, hijo del riquísimo empresario británico de origen egipcio Mohamed Al Fayed, se convirtió en la obsesión de la prensa en el verano de 1997.

Los fotógrafos que la siguieron en julio en las costas de Saint Tropez llegaron a alquilar un barco para captar a Diana. La galería de fotos en bañador (turquesa, de rayas y pareo, de leopardo…) es hoy memorable.

Si la princesa no había querido que los paparazzi dieran con ella al principio, cuando llevaba a sus hijos de vacaciones, pronto volvió a imponerse el acuerdo tácito que parecía haber entre los fotógrafos y ella, acostumbrada a recurrir a la prensa como forma de conectar con los ciudadanos.

El fotógrafo francés Jean-Louis Macault fue el primero que consiguió sacar a la pareja juntos de frente. Para que nadie le robara la imagen, contrató un servicio privado de helicóptero que llevó el carrete a la redacción de turno.

Una persecución obsesiva

Las imágenes se pagaban a decenas de miles de euros. Cuando Diana y Al-Fayed pusieron rumbo a París en un avión privado, quienes habían trabajado como fotógrafos de guerra se dedicaron entonces a perseguirla por la capital francesa.

Aquel 30 de agosto, cuando la pareja llegó al aeropuerto de Le Bourget, una decena de fotógrafos le esperaba tras las rejas. Al salir del avión, además de los guardaespaldas, Henri Paul, número dos de la seguridad del hotel Ritz, propiedad del padre de Al-Fayed, los condujo al lujoso establecimiento.

Horas más tarde, las fotografías en el aeropuerto de las cuatro víctimas del accidente -tres de ellas mortales a excepción del guardaespaldas Trevor Rees-Jones, único superviviente- parecían desagradablemente proféticas.

En París, Diana de Gales no se mostró tan dispuesta a que la prensa lograra la buscada instantánea. La pareja cambió sus planes en incontables ocasiones y se reunía a destiempo para no ser fotografiada.

La noche del 30 de agosto, Henri Paul y Dodi Al-Fayed pensaron que saliendo por la puerta trasera del hotel evitarían los focos. Paul dijo a la prensa que se concentraba en la Plaze Vendôme que esperara allí, pero la improvisada disponibilidad parecía demasiado evidente.

La idea de Al-Fayed era salir sin seguridad para no levantar sospechas, pero los dos guardaespaldas lograron convencerlos para que al menos uno de ellos les acompañara.

Sin embargo, la puerta de atrás del Ritz estaba también vigilada por los reporteros que intentaron seguirlos por el centro de la capital a una velocidad de entre 100 y 150 kilómetros por hora. En cuestión de minutos, el coche se estampó contra una de las columnas del estrecho túnel.

En el documental “Los últimos días de Lady Diana” algunos de los paparazzi que la siguieron recuerdan que muchos continuaron fotografiando bajo el túnel. La policía requisó algunas cámaras y a la una de la mañana del 31 muchos negociaban cantidades desorbitadas por llevar las imágenes del accidente de la princesa en portada.

Por entonces, muchos pensaban que la princesa de Gales, que había salido semiconsciente del accidente, se recuperaría. Para Al-Fayed y Paul pintaba peor. Pero Diana murió horas más tarde en el hospital de la Pitié-Salpetrière a causa de las lesiones internas sufridas.

La prensa sensacionalista británica desestimó entonces las fotografías repudiando a quienes acababan de proponer una fortuna e interrogándose, al menos durante un par de horas, sobre la responsabilidad de la prensa en aquella muerte.

Cuando se supo que Paul conducía bajo los efectos del alcohol y el Prozac, los directivos de la prensa, que parecía dispuesta a entonar el mea culpa, respiraron tranquilos y pasaron página de lo que para muchos fue la historia de una tragedia anunciada.

En París, la estatua de la llama de la libertad ha pasado a ocupar el centro de la rebautizada como “Plaza Diana”. Paradójicamente, esa llama incandescente es el símbolo de una princesa inolvidable.

Distancia de la familia real 

Mientras los británicos lloraban hace 25 años la muerte de Diana ante las puertas de Kensington o hacían largas filas para firmar los libros de condolencias instalados en residencias reales, la reina Isabel II y su familia, entre ellos los príncipes Guillermo y Enrique, permanecían en el castillo de Balmoral (Edimburgo).

El alcance del dolor que se veía en los rostros de la gente y la abrumadora cantidad de flores que se acumulaban ante los palacios, forzó a la soberana -asesorada por el entonces primer ministro laborista Tony Blair- a volver a Londres para sumarse al duelo.

Fue entonces cuando se vio a Isabel II y a su marido, el duque de Edimburgo, vestidos de negro riguroso, sorprender al país al salir de las rejas del palacio de Buckingham, en Londres, para caminar entre ramos de flores y leer las tarjetas que la gente había depositado allí.

Siete días que cambiaron a la familia real 

Fueron siete días -hasta el día del funeral- que cambiaron a la familia real para siempre, mientras los dos hijos de la princesa, Guillermo y Enrique, siguen hoy el legado de su madre al actuar de manera más cercana y apoyar similares causas benéficas.

Tessy Ojo, la directora ejecutiva de la entidad benéfica “Diana Award” -creada para ayudar a los jóvenes con nuevas oportunidades-, dijo hoy que el legado más perdurable de la princesa fue su capacidad para “conectar” con la gente.

“Su capacidad para conectar con las personas a través de la amabilidad y la compasión es uno de sus legados más importantes. Dejó una marca en todas nuestras vidas”, agregó Ojo a los medios.

“Diana, Princesa de Gales, creía que los jóvenes tienen el poder de cambiar el mundo”, agregó.

El duque de Cambridge, segundo en la línea de sucesión al trono británico, dijo hace unos años que ya no tenía intención de recordar de manera oficial la muerte de su madre.

Su hermano, el duque de Sussex, afirmó en un reciente partido de polo en EE. UU. que quería que este 31 de agosto fuese un día “pleno de recuerdos de su increíble trabajo” y una jornada para “compartir el espíritu de mi madre con mi familia, mis hijos (Archie y Lilibet), que ojalá la hubieran conocido”.