Es natural que, cada vez que se presenta un caso con irregularidades administrativas, la mira se ponga en los organismos de control. Es allí donde se origina una situación que después termina siendo polémica. Para eso están; básicamente, para controlar.
En ocasiones no se le presta atención a este tipo de instituciones, y tampoco se les hace muchos cuestionamientos. Sin embargo, es la primera barrera para evitar la corrupción. Por eso, si no funcionan como corresponde y no cumplen con su rol específico con severidad, los límites entre lo que está bien y lo que está mal se estiran mucho más allá de lo que permite la ley. El dilema es determinar quién debe controlar a los responsables de controlar.
