Hay hechos que nos descolocan. Violencias que nos muestran cuán al borde del abismo estamos en Mendoza. Desde aquel niño que mató a su maestra y nos dejó a todos con una bronca que no nos sirve ni para insultar. No es usual que un chico de 13 años asesine a una persona por un par de zapatillas, pero es lo que en algunos lugares o momentos fatalmente vale una vida. Ese disparo motiva a su vez más de una pregunta: ¿qué es lo que lleva a un niño, prácticamente, a estar gatillando contra otra persona cuando, en principio, entendemos que debería estar jugando o estudiando, atendiendo y disfrutando de las cosas propias de su edad?

La discusión va más allá de los oportunistas que quieran blandir algún proyecto para bajar la imputabilidad que les permita posicionarse. Tampoco a aquellos que apelan a la ausencia del Estado para explicar estos hechos. El crimen ocurrido en un barrio considerado zona roja nos habla del desgarro social que tenemos, una porción de realidad que se mantiene en pie entre el golpe y el consumo de sustancias. No hay institución oficial que contenga, puesto que, en gran parte, ahí los problemas que ya vienen de los barrios se agravan.

El interrogante es si hay un camino de retorno en esta sociedad, no sólo para las víctimas, que no es menor, sino para estos victimarios inauditos que recién aprenden a atarse los cordones.