Casi como una jugada del destino, los argentinos, más allá de las profesiones o especializaciones, nos acostumbramos a incorporar en nuestro lenguaje palabras vinculadas con el manejo técnico de las finanzas. Es un vocabulario que se terminó popularizando y que es aplicado con frecuencia en conversaciones cotidianas, que nada tienen que ver con las grandes operaciones bursátiles ni los juegos de oferta y demanda en los mercados internacionales.

Es así de simple: casi por la fuerza aprendimos más de manejos y desmanejos económicos que en cualquier otra geografía. Por eso cuesta creer y por eso se sigue apostando al dólar como una moneda segura para el ahorro. Porque sucede que luego de haber sufrido tantas crisis, lo que cuenta es la experiencia, y allí no hay mucho crédito para los mensajes que puedan bajar desde el sector político, independientemente de qué partido se trate.

Simplemente, no se le cree a nadie, mucho menos a quienes aparecen en el escenario mediático con recetas mesiánicas. Es algo que siempre ha terminado mal.

Esta nueva situación que enfrenta el país no tomará por sorpresa a nadie. Pero, sin dudas, será aprovechado por quienes más aprendieron y sacan ventaja de la especulación ante la inestabilidad; un negocio que, lamentablemente, siempre es rentable y que no es posible desalentar.