Finalmente, la canasta básica total superó la barrera –psicológica– de los $100.000, apurada por la inflación de julio. Era un camino de subida de los precios que ya se venía anticipando en los últimos meses, cuando la vara del costo de la vida se iba ubicando cada vez más arriba. A su vez, las negociaciones en paritarias para que los salarios superen la inflación se han vuelto una constante, sobre todo, en Mendoza, puesto que los saltos que se han visto en varios productos han acelerado la crisis semana a semana. Incluso, en algunos rubros como la indumentaria, donde, prácticamente, ya se llega a 100% de aumento respecto del año anterior, las correcciones en las listas de precios son diarias. Todos los días hay un nuevo valor.

Cualquier previsión es imposible con este panorama volátil. Cualquier reactivación económica, predicada con números por el Gobierno nacional, es inútil porque se agota con el ritmo inflacionario. No le sirve al empresario, que tiene que negociar constantemente cifras con proveedores y gremios, ni al trabajador, porque no se recupera su bolsillo y deja de consumir o relega experiencias, lo que, de alguna manera, pega en el círculo de la economía.

Las pocas medidas que se han revelado para aplacar a la “bestia” tampoco pueden dejarnos contentos, porque implican un enfriamiento para el comercio, por ejemplo.

Las subas en las tasas de interés, que encarecen el crédito en compras en cuotas, grafican este terreno que caminamos. La inflación no solo es un impuesto al pobre, como se dice, sino también una trampa que impide movilizarse hacia algún lugar seguro o, al menos, previsible.