Cuál es el precio de la dignidad de una persona en un país que atraviesa una crisis que agudiza tanto las falencias económicas como las sociales. La pregunta es más que retórica. Hace hincapié, más que en las necesidades de una persona en una situación de vulnerabilidad, en las herramientas que dispone una fuerza política o un gobierno para volcar a su favor un voto para ganar una elección.

El gobierno nacional ha reconocido, entre las causas de su derrota, la crisis económica que ha generado a partir de la aplicación de una cuarentena que lo ha tenido todo menos una administración inteligente. Y con eso, la desesperación por revertir un resultado con la manipulación más básica a la que puede apelar un partido: las cajas del Estado finalmente sirven para sujetar a un ciudadano, con sus demandas concretas de supervivencia, a las condiciones que profundizan o extienden sus problemas y miserias. Una heladera o un lavarropa a cambio de un voto.

Lo dicho por el ex ministro de Salud de Buenos Aires contrasta a su vez con lo que un ciudadano chaqueño exigió a su gobernador días atrás. El hombre, indignado, reclamaba por las promesas incumplidas del mandatario. No pedía ni un plan ni algo descabellado, sino que respetaran la palabra empeñada e instalaran el agua potable en su barrio. En este país, para estos tiempos electorales, todo se agota en la desesperada coyuntura de los más necesitados. Pero a veces, estos se salen del papel que se les otorga para exigir un paso más allá de lo que la clase política puede darles.