En diciembre, la democracia argentina cumplirá 40 años y no han sido fáciles de transitar.

Se tuvieron que ganar con mucho esfuerzo. En su incipiente proceso de recuperación, cuando el miedo todavía presionaba entre las sombras a la sociedad, tuvo más de un peligro, pero aceptó los riesgos y se logró avanzar.

Por supuesto, también se produjeron contramarchas, como los indultos, pero, finalmente, hubo condenas para todos aquellos que fueron identificados como parte del sistema de terrorismo de Estado.

Condicionada por las grietas que no terminan de cerrarse y que se profundizan, ahora la polaridad se ubica entre los que niegan o justifican los crímenes cometidos a través de los mecanismos del Estado y aquellos que cooptaron políticamente los derechos humanos y los vaciaron toda vez que decidieron apoyar a gobiernos totalitarios y violatorios de cualquier dignidad humana.

Los debates políticos sobre la memoria, aunque estén enmarcados en una campaña electoral, no pueden atrasarnos en la historia.