Desde hace años que, en Mendoza, los sectores político, empresarial y científico tienen que darse una sincera discusión sobre el recurso que más nos hace falta en esta tierra entre el desierto y la montaña: el agua.
Desde hace una década que atravesamos una emergencia hídrica que, por factores que superan a la provincia, como el cambio climático, es probable que se profundice y empeore antes que otra cosa. Es necesario un debate amplio, constructivo, propositivo sobre una diversidad de temas que comprendan la distribución más eficiente, nuevas técnicas de riego para la producción, sistemas de potabilización modernos, el establecimiento de prioridades en cuanto a su aprovechamiento, campañas que eduquen al consumidor para evitar el derroche e, incluso, la desburocratización de los entes que administran el recurso y que a veces sólo funcionan como cajas del Estado.
Del otro lado de la cordillera, Chile ya tiene que establecer medidas más rigurosas debido a los mismos problemas que enfrenta nuestra provincia. Es un alerta del futuro que, prácticamente, nos pisa los pies y que requiere pensar, en principio, que la fuente de este recurso –los glaciares que se encuentran en nuestras montañas– está en deterioro. Hay prácticas centenarias que hay que modificar, como el riego a manto, por sistemas más eficientes. Hay mentalidades y costumbres que requieren transformarse, como el simple hecho de no dejar goteando una canilla. Ni hablar de los organismos estatales que no pueden responder a tiempo ante una pérdida en la vía pública.
No habrá economía ni industria ni siquiera turistas sacándose fotos en Potrerillos si no comenzamos a discutir cómo nos anticipamos antes de que las viviendas comiencen a tener medidores para restringir el consumo.
