Un partido, no importa en qué especialidad o disciplina, debería importar o ser noticia sólo por lo que es: una competencia deportiva en la cual unos intentan ganarles a los otros de la mejor manera posible. Pero lo ocurrido en la noche del miércoles en el estadio de Israelita Macabi marca a las claras que hay cuestiones que no pueden volcarse en una cancha.
Las situaciones de la compleja política internacional, la crudeza de los conflictos bélicos con sus víctimas no pueden correr detrás de una pelota. No hay nada de justo ni deportivo en un insulto que es profundamente discriminador; por el contrario, se pierde todo ese espíritu que da el contorno de un juego, sea el fútbol, sea el básquet.
¡Ojo! Más allá de lo que sucede hoy en día en Oriente Medio, este tipo de situaciones suelen darse en distintos lugares del mundo y, a veces, desde las inferiores, lo que es peor, porque es donde se aprende no sólo a correr sino a trasladar las frustraciones en insultos. Hay que frenar estos momentos, no tolerarlos de ninguna manera.
Luego, quedará para los clubes la necesidad de formar no sólo a sus jugadores sino también a sus hinchas, la parte más difícil, pero culturalmente la más urgente a veces.
