Está instalada la cultura del ocultamiento; de no querer reconocer la realidad o, directamente, taparla, minimizarla o relativizarla. De ese modo, se cree – falsamente– que se le puede poner punto final a un problema, perder la mirada con tal de no comprometerse con lo que está ocurriendo en un momento, en un tiempo determinado.
El caso del alumno y el profesor que fueron intoxicados por otros adolescentes fue visto casi de soslayo por parte de las autoridades, restándole una gravedad que evidentemente existió.
Objetivamente, no se trata de un hecho que pueda enmarcarse en una travesura, en un pequeño problema de conducta. Ha existido, por parte de los autores, una premeditación en el armado de esta suerte de ataque contra un compañero y un docente a quienes les han perdido por completo el respeto. Si quienes conducen esa escuela y las máximas autoridades de la DGE no advierten este fenómeno y lo toman como un hecho aislado, la situación será más complicada, porque se corre siempre el riesgo de que esa falta de acción directa ante un problema concreto genere el clima para que se repita.
Ha sucedido frente a la aparición de videos con pornografía infantil circulando por los celulares de niños y con el uso descontrolado de las redes sociales, donde las imágenes con sexo explícito también cundieron entre los alumnos.
Una de las reglas de la comunicación de crisis es evitar esconder información. Cuando eso sucede, se genera una ola de rumores y de canales informales que juegan en contra. Al contrario, lo aconsejable es reconocer que algo irregular está sucediendo y que hace falta trabajar en función de ese diagnóstico. Y, si es necesario, solicitar ayuda. Sólo cuando eso ocurre, existe posibilidad de comprender la realidad y cambiarla.
