La frase del verano es “no hay plata”. La preocupación es extendida: en los hogares, porque el dinero no alcanza con los nuevos precios que se recalibraron hace una semana. En los gobiernos, porque hay un impacto real que todavía no puede dimensionarse, pero implicará que la clase política no deje solos a los ciudadanos en materia de sacrificios.

No sólo hay que cuidar el mango, que es patrimonio de todos los mendocinos, sino que hay que hacerlo rendir mejor ante una inflación de insumos que juega en contra luego de la devaluación de la semana pasada.

No será un verano fácil para administrar los recursos del Estado.

Las expectativas puestas en el nuevo gobierno también lo conminan a dar ejemplos concretos para que las duras medidas que se impusieron como emergencia para evitar una hiperinflación no recaigan solamente sobre las espaldas de los que menos poseen y, que, además, tengan un sentido.

En el caso de aquellos que tienen la responsabilidad de gestionar los Ejecutivos, deberán afilar las cuentas y hacer un equilibrio, que no será nada sencillo: como no se puede gastar más de lo que entra, se necesita que reparen en los bolsones improductivos, los gastos superfluos y las arbitrariedades que nadie discute en épocas de vacas gordas. Así como el hartazgo definió en buena medida un cambio de rumbo, ese mismo sentimiento también se ha alimentado de las promesas de anteriores gestiones que no cumplieron con las expectativas.