La política no es para aquellos que tienen nula tolerancia a la frustración. Y menos en Argentina, donde las situaciones se reiteran en la historia, ya sea como tragedia, ya sea como farsa y sin distinción. Querer reformar de un plumazo una estructura política, económica, administrativa como el Estado es imposible si no se cuenta con las voluntades necesarias.

Es insuficiente solamente con creer que hay un cambio de época en marcha. Tampoco alcanza con los votos que un candidato cosechó en una elección. Legitiman, pero para construir el consenso es necesario tener más oficio y “muñeca”, es decir, la capacidad para que este arte u oficio haga posible puntos de encuentro con aquellos que antes competían en contra.

Hay una realidad que se asomó de manera feroz en varias oportunidades durante la discusión de la ley Bases. Nadie quiere resignar lo que ya tiene ganado y menos cuando el mantra del oficialismo es una frase de remera: “No hay plata”. Los gobernadores no están para perder más plata porque tienen la responsabilidad institucional de administrar sus provincias, lo hayan hecho bien, equilibrando sus cuentas; o mal, haciendo del Estado un monstruo sin capacidad de generar riqueza.

Nación, por otra parte, persigue el sueño de liberar las ataduras que estancan al país, pero choca con la limitación de un proyecto personalista en lo presidencial, que recién terminó de fungirse en alianzas durante el balotaje, que despreció al Congreso pero entendió su importancia durante esta batalla legislativa con ayudas más endebles. Así, poco se pudo avanzar.

A las claras, no hay forma de que el consenso salga de buenas con amenazas o denuncias de corrupción. El tiempo que se ha perdido en esta discusión es más que valioso, porque genera más incertidumbre. Y, en política, este escenario se traduce en un escenario volátil, ya sea para el dólar, ya sea para el que tiene que contratar personal.