Desde el inicio de la pandemia, la Casa Rosada ha bajado un mensaje que, a la postre, resulta errático y contradictorio. A lo largo de un año, como una justificación de las medidas de aislamiento y distanciamiento social, la Presidencia ha cuestionado a aquellos individuos que han infringido las restricciones de distintas maneras. El sermón sanitarista bajaba implacable pretendiendo aleccionar sobre lo que no debía hacerse porque se trataba de una conducta imprudente y egoísta.

El problema es que ese mensaje chocaba, a su vez, con las propias actitudes de quienes conducen los destinos políticos y, aunque no lo quieran, se transforman en ejemplos de sus propias restricciones.

Hay más de un ejemplo en el que el Presidente se ha mostrado en aglomeraciones, donde ha vulnerado la distancia de dos metros para fundirse en un abrazo con algún militante o, incluso, ha estado a escasa distancia sin portar el necesario tapabocas. La última imagen de estos días, donde encabeza un acto, refleja que no es el mejor predicando con el ejemplo.

El problema es que, finalmente, este tipo de actitudes terminan no sólo erosionando a la imagen de la autoridad, sino también desgasta la política sanitaria. Cómo podemos confiar en las principales recomendaciones y atenernos a nuestros compromisos individuales para no contagiar al otro si aquellos que mandan dicen una cosa y hacen lo contrario.