El electorado argentino ha dado más de un mensaje en todo el proceso electoral que se llevó adelante este año mediante la herramienta más simple y poderosa que tiene la democracia: el voto.
Ha ratificado, ha sacado la confianza, ha reelegido y ha decidido que ese dirigente ya no puede seguir en su cargo.
Además, mostró cansancio respecto de los discursos más tradicionales y una buena parte optó por elegir a quien enarboló la bandera de la antipolítica.
Más allá de las contradicciones propias de dicha figura –emergente en el tablero nacional– lo cierto es que, con ese voto castigo, ha dado muestras de que necesita nuevas respuestas.
Y está buscando ejemplos de candidatos que sean transparentes, que no tengan las mañas y vicios de una dirigencia que se transformó en parte del problema.
De esta forma, no parece ser la mejor salida organizar reuniones a escondidas, de noche, entre dos candidatos que hasta hace tres días eran rivales.
Los argentinos también han aprendido algo que es claro, sobre todo, con partidos tradicionales que han montado aparatos clientelares con los años.
Los dirigentes no son dueños de los votos. Son los propios electores. El primer gesto de la democracia se da al momento de elegir en libertad, sin rendirle cuentas a nadie.
