La violencia desatada en Ecuador puede tomar por sorpresa al más desprevenido, pero más que una foto, es una secuencia de cómo un país se fue degradando para quedar atrapado en una espiral de crímenes, narcotráfico e, incluso, magnicidios políticos.

La inseguridad está a la orden del día y basta recordar que meses atrás sicarios mataron a un candidato a la presidencia. Muestra cómo se han profundizado las crisis en la región y, a la par, han avanzado las organizaciones criminales que desafían al Estado de manera frontal.

Se trata de una bandera roja para todos los países donde la pobreza creció y la venta de drogas ilegales, más la corrupción, se transformó en una alternativa. La pregunta es cuán lejos está Argentina de esa situación.

El paralelismo con Rosario puede ser la parada más cercana que tenemos. Las amenazas al gobernador Maximiliano Pullaro no pueden normalizarse como parte de la lucha contra este tipo de bandas delictivas a las que las cárceles no constituyen ningún tipo de límite.

También es cierto que no basta con la tarea represiva de la policía, como no es poco que la Justicia tenga las garantías para procesar, enjuiciar y encarcelar a estos criminales que aterrorizan una ciudad a sus anchas. También será necesario recrear una economía que permita que la salida no sea ponerse un kiosco de drogas en el barrio.