Mientras en el Congreso nacional, oficialismo y oposición se hacen zancadillas y el Senado sigue sin sesionar desde hace meses, las estadísticas oficiales nos dan un piñazo de realidad: más de la mitad de los chicos argentinos de cero a 14 años, la edad más sensible para crecer y formarse adecuadamente, son pobres. Es decir, tienen dificultades para alimentarse como corresponde, tener la ropa adecuada e, incluso, no cuentan con una habitación propia y duermen separados de sus padres por apenas una cortina.
La inflación es el impuesto más caro que estamos pagando, no con nuestros bolsillos, sino con el futuro, porque grava la vida de 18 millones de argentinos y los condiciona de manera brutal. La gestión anterior prometió pobreza cero: la duplicó. El actual Gobierno nacional empezó con una mesa para combatir el hambre. Fracasó absolutamente. Hoy, los alimentos están más caros y la brecha entre los pobres y lo que cuesta la canasta básica es cada vez más amplia. Toda medida económica que se anuncia parece destinada apenas a llegar con un país más o menos controlado antes de las elecciones. No hay nada pensado a largo plazo, porque todo lo que hoy es una urgencia, la política lo detona.
