La realidad ofrece un fuerte contraste a los dirigentes políticos, más allá de lo que prometen a cuenta del futuro. Cualquiera sabe que la mayor inquietud es la economía. Se podrá aseverar de forma más complicada, por ejemplo, que hay que estabilizar los principales indicadores, entre ellos, la cantidad de tipos de cambio que existen. Puede decirse de manera más simple: si no arreglan los precios, nos vamos al tacho. Lo brutal de lo que ocurre día tras día con nuestros salarios y la depreciación de nuestra moneda exige el mayor de los esfuerzos. Y, sin embargo, aquí estamos, con funcionarios que tienen un doble rol: por un lado, tener que resistir hasta las elecciones de octubre con números más amables que los pongan en competencia y, por otro, la tarea de salir de este caos, que viene desde hace años, entre el dólar y lo que cuesta vivir en el país. En otras palabras, el que mucho abarca, poco aprieta. El problema no es para un candidato o una fuerza, que en estas condiciones puede tender hacia la demagogia más tediosa. La cuestión es que, entre promesa y promesa, no se les caiga una idea más que las habituales salidas: sumar el gasto público y darle a la máquina de imprimir. El dibujo y el humo no enderezan un país.
El humo no arregla el país
