El Gobierno nacional se planta ante un desafío en la disputa de poder y gobernabilidad que va más allá de las críticas recibidas tras la publicación de un decreto que derogaba una serie de leyes que para la gestión de Javier Milei impiden el crecimiento del país.
Esta vez tendrá que demostrar capacidad de negociación y cintura política para salir triunfante de las sesiones extraordinarias convocadas por el presidente para el tratamiento de leyes clave para el Ejecutivo. Pero, más allá del contenido de los proyectos, lo que está en juego es la pericia del nuevo gobierno para moverse en los pasillos del corazón republicano, absolutamente contaminados por los años de disputas de poder y hechos de corrupción.
Sin embargo, es allí donde la democracia argentina debería volver a vibrar; sin mezquindades y con un solo objetivo: lograr lo mejor para una sociedad que necesita respuestas.
Será el Congreso, una vez más, el epicentro de las discusiones políticas: un lugar que ha atravesado el 2023 casi sin pena ni gloria; con grandes discusiones, pero sin resultados; con una cantidad mínima de sesiones, que lo dejó prácticamente improductivo; algo incomprensible para una estructura millonaria, no sólo por las dietas de los legisladores, sino por el ejército de asesores que engrosa la planta estatal y que, a primera vista, no han estado a la altura.
