Desde el minuto cero de este Gobierno, quedó en claro que lo que marcaría la gestión sería la austeridad. Se reflejó de manera contundente en una frase que, a pesar de lo que implica realmente si uno se detiene a pensar al menos dos segundos, se aplaudió a rabiar: “No hay plata”.

En efecto, la capacidad del bolsillo de los argentinos ha sido exprimida para domar la inflación, uno de los tres principales problemas de la macroeconomía argentina. En el Ministerio de Economía hoy pueden mostrar como un logro que la inflación comenzó a bajar. O al menos desacelera su ritmo, que no es necesariamente lo mismo. Los precios aumentan, pero no tienen ese salto brusco todos los meses.

Pero todavía el problema del aumento de precios no ha sido resuelto del todo. Por fuera del optimismo, Nación ha postergado las subas de las tarifas de los servicios públicos para el invierno para que el peso de esos incrementos no remate a la clase media. En algún momento, entonces, tendrán que soltar ese freno, que incluso es incómodo para una gestión que se precia del liberalismo económico.

El ajuste en el gasto público todavía tiene crédito social. Definitivamente, es un sacrificio muy grande el de la sociedad que, hasta el año pasado, podía sacar créditos solventados por la Anses. Esa ventaja no puede ser desperdiciada por el Gobierno, porque los datos del enfriamiento de la economía son duros y lo que asoma en el horizonte es la desocupación.

En síntesis, la Argentina no está para alquilar un estadio y realizar un show. Básicamente, por aquellas promesas de campaña que se concretan en medidas de gestión, que inevitablmente tienen y tendrán un fuerte costo. Y que se reafirman cada vez que el presidente sostiene que vetará cualquier ley que atente contra el desequilibrio fiscal.