Es increíble cómo, a pesar de las advertencias, los pedidos de conciencia y de solidaridad y la repetición del concepto de “emergencia hídrica”, hay mendocinos que continúan derrochando agua en lavados de autos, veredas o, simplemente, para regar la calle.
Desperdicio y derroche. Son dos palabras que definen a aquellas personas que traicionan la historia de esta tierra; un desierto que creció gracias a aquellos que tuvieron la visión de entender que sólo controlando los cauces de agua era posible el desarrollo de una provincia pujante.
Es cierto que desde el Gobierno, específicamente a través de los organismos de control, debería endurecerse el sistema de multas. Y para que ello suceda, es clave la presencia de una estructura amplia de inspectores. Sin embargo, apelar al castigo como único método para lograr que se cuide el uso del agua habla de la poca capacidad que existe para respetar las normas vigentes y entender que, cuando no se cumple con la ley, alguien sale perjudicado. Mientras unos gozan y utilizan litros y litros, hay otros que realmente la están pasando mal. Hay sectores de la provincia donde el agua es un bien escaso, con personas que debieron comprender por la fuerza que cuando se habla de emergencia, no es sólo un postulado caprichoso. La situación es realmente complicada, al punto de, por momentos, plantear la dicotomía del uso para consumo o para riego, porque ambas cosas no pueden hacerse de manera simultánea.
Si los mendocinos no logramos superar una condición tan crítica, que requiere especialmente de la solidaridad, entonces cualquier otra discusión política para saber cómo mejorar el estado de la provincia será en vano. Porque, en esta historia, no hay ideologías ni partidismos. Se trara sólo de lograr la empatía para comprender que no hay agua, que el tema es serio y que si este problema no lo solucionamos entre todos, nadie podrá hacerlo.
