El día que nunca queríamos que llegara, llegó. Y todavía no tomamos dimensión del impacto de la noticia. Porque una cosa es saber que algún día iba a pasar y otra muy distinta es que ese día finalmente llegue.
Usted se va, señor Messi. Y hasta cuesta decirlo.
Cuesta porque durante tantos años usted fue nuestra única certeza como país, y no sólo dentro de una cancha de fútbol. Cuesta porque nos acostumbramos a que estuviera siempre con la camiseta número 10 albiceleste. A esperar que recibiera la pelota. A imaginar que, en algún momento, algo iba a pasar.
Con usted siempre podía pasar algo. Ahora sabemos que ya no.
Hace diez años, después de perder una final y atravesar uno de los momentos más dolorosos de su carrera con la Selección, usted dijo que se terminaba. Poco después volvió a ponerse la camiseta argentina y lo hizo en Mendoza.
Hoy aquella historia parece lejana. Porque después pasó todo.
Pasó que sufrió. Pasó que perdió. Pasó que lloró.
Pasó que insistió. Pese a todos. Pese a todos. No sé si alguna vez vamos a poder dimensionar lo que significó eso.
Pasó que un día rompió la pared. Ganó. Y no paró. Copa América. Finalíssima. Mundial. Otra Copa América.
Pasó que se convirtió definitivamente en leyenda.
Y pasó, sobre todo, que nos dio el tiempo que no sabíamos que necesitábamos. Porque quizás ese sea uno de los grandes regalos que nos hizo: no se fue cuando pudo haberse ido. Siguió. Y nosotros tuvimos la posibilidad de verlo completar la historia.
Por eso ahora cuesta. Porque esta vez no hay bronca. No hay penales. No hay una final perdida que explique la decisión. No hay un culpable al que señalar.
Tampoco hay que convencerlo de nada. Hay un hombre de 39 años que entiende que llegó el momento de dejarle el lugar a los que vienen detrás. Y eso, aunque duela, hay que respetarlo.
Usted lo supo después de aquella final ante España. Lo escribió entonces, en silencio, y lo hizo público ahora. Y en esas palabras hay algo que explica mejor que cualquier otra cosa por qué esta despedida es diferente.
No habla un jugador herido. Habla un hombre que mira hacia atrás. Y cuando uno mira hacia atrás, aparecen los goles, los títulos, las derrotas, las lágrimas, los abrazos, los compañeros, las noches inolvidables.
Aparecen también las cosas que nosotros vimos desde afuera y que quizás nunca terminemos de comprender. Como este Mundial, que jugó mientras su padre atravesaba un momento crítico de salud.
Mientras nosotros discutíamos formaciones, rivales y resultados, usted llevaba consigo una preocupación que estaba muy por encima del fútbol. Pero igual salió a jugar. Y, como siempre, lo hizo mejor que nadie. Eso también forma parte de esta historia.
Como forma parte aquella noche contra Inglaterra, cuando volvió a regalarnos uno de esos partidos que quedan guardados para siempre.
Porque usted, señor Messi, tiene esa capacidad. La de hacer que uno dejara de hacer cualquier cosa que estuviera haciendo para mirar. La de recibir una pelota y transformar un partido. La de hacernos sentir invencibles.
Eso también se termina. Y aparece, inevitablemente, la camiseta número 10 de Argentina. Porque usted ya no necesita jugar para estar. Va a seguir estando en cada chico que agarre una pelota y quiera hacer un gol como Messi. En cada tiro libre que alguien intente meter por debajo de una barrera, como lo hizo en Mendoza. En cada discusión futbolera que termine con alguien diciendo “sí, pero Messi…”. En cada Mundial.
Y seguramente también en cada vez que la Selección juegue. La diferencia es que ahora vamos a buscarlo en la cancha y no vamos a encontrarlo. Vamos a escuchar el himno y usted ya no estará formando junto a los demás.
Va a ser raro. Muy raro.
Pero quizás haya algo más importante que aprender de este adiós. No hay que pedirle otra vuelta. No hay que exigirle otra Copa. No hay que reclamarle otro Mundial. No hay que decirle que todavía puede.
Ya nos dio muchísimo más de lo que cualquier argentino podía pedirle. Nos regaló una generación. Nos regaló goles imposibles. Nos regaló tardes, noches, lágrimas, discusiones, abrazos y esa sensación incomparable de saber que, durante veinte años, hubo un argentino capaz de hacer cosas imposibles.
Y quizás todavía no tomamos verdadera dimensión de lo que significa esta despedida. No se trata solamente de que deje de jugar para la Selección. Se termina una era.
Se termina la costumbre de tener al mejor de la historia jugando para nosotros. La costumbre de saber que, aun cuando todo parecía perdido, había una pelota que podía caerle a usted. La costumbre de esperar lo imposible.
Ahora dice que va a ser uno más de nosotros. Permítame una pequeña corrección, señor Messi. No va a ser uno más. Eso ya no es posible.
Usted podrá sentarse en la tribuna, gritar un gol, sufrir una derrota y festejar una victoria como cualquier hincha. Pero no podrá ser uno más. Porque cuando alguien deja semejante huella, el tiempo cambia las reglas.
Usted escribió: “Gracias Dios por hacerme argentino”. Y quizás ésa sea la frase que mejor resume lo que siento.
Gracias por haber seguido cuando era más fácil irse.
Gracias por haber soportado cuando no todos entendíamos.
Gracias por haber peleado por esa camiseta.
Gracias por haber dejado todo.
Gracias por las derrotas, aunque hayan dolido.
Gracias por las victorias, aunque hayan parecido imposibles.
Gracias por las lágrimas.
Gracias por las alegrías.
Gracias por cada gol que gritamos.
Gracias por cada partido que nos obligó a dejar todo lo demás de lado durante noventa minutos.
Gracias por el Mundial.
Gracias por las Copas.
Gracias por el privilegio de permitirnos ser contemporáneos de la historia viva.
Ahora toca aceptar que se terminó. Aunque todavía duela. Aunque todavía cueste. Aunque durante un tiempo miremos la formación de Argentina y busquemos, casi por reflejo, el número 10. Y no esté.
Algún día esta tristeza se convertirá en nostalgia. Pero hoy no. Hoy solamente podemos decirle una cosa.
Muchas gracias, señor Messi.
