El imponente estadio Mineirao, a más de dos horas del comienzo del encuentro entre Brasil y Argentina, no lucía preparado para un partido de fútbol sino como para un gran recital de rock, como si en vez de rodar una pelota fueran a tocar The Rolling Stones. Tres horas antes del comienzo del partido se abrieron las puertas del estadio Mineirao, comenzaron a poblarse sus imponentes tribunas y empezó un show de luces similar a los preparados para los grandes recitales.
La cuestión es que toda esa parafernalia se preparó para los recitales que hubo antes del partido y durante el entretiempo del mismo. Desde el sector de prensa era prácticamente imposible divisar el campo de juego cuando se abrieron las puertas de la cancha, porque, en ese momento, luces blancas de una gran potencia, apuntaban hacia ese sector.
En el medio de la cancha, hacia adentro, colocaron alfombras, que llegaban a la mitad del campo, una con los colores de Brasil y otra con los colores de Argentina. Unos doscientos simpatizantes argentinos fueron a ver a la selección, hicieron lo posible para ser escuchados, gritaron, esforzaron al máximo sus gargantas pero su aliento quedó en el aire, como perdido, porque más de setenta mil almas brasileñas los taparon, para una recaudación récord de 4 millones 300 mil dólares. Antes de comenzar el partido cantaron los himnos de sus respectivos países Teresa Parodi y Gal Costa para una mayor emoción antes del partido.
