Las ferreterías siempre me resultaron atractivas. Tienen algo especial: el olor, las latas de pintura, los caños en un costado, los rollos de malla para mosquitero, las mangueras de diferentes calidades y en general de colores muy vivos. Lo único que me resulta muy desagradable es que venden veneno para roedores. Se me representa la imagen, justamente de esas cajas ilustradas a las que le esquivo la mirada cuando entro a la ferretería. Por lo demás, todo me gusta y hasta tengo mi producto estrella. El aerosol de WD40. ¡Qué producto noble! Las bisagras que chirriaban, ya no hacen ruido, los tornillos trabados desde hace siglos, se desenroscan mágicamente, las hamacas se mueven en vaivén con más fluidez… y lo mejor: ese lubricante tiene algún componente que se siente a coco, a Hawaiian Trópic.
Se sabe que hay que usar protectores solares de verdad, de esos que se designan con número de factor, más alto el número, mayor protección. Más caro el producto, menos bronceado. Sin embargo, lo que huele a verano es ese aceitito con coco, que en realidad no protege. Eso…y el WD40.
Los aromas, los perfumes, son fundamentales a la hora del disfrute. También lo son en los momentos duros y tristes, nada connota más dolor que el olor que se siente en un hospital. Alguien dijo una vez que el sentido del olfato estaba maltratado por el arte. Hay museos para ver pinturas, esculturas. Hay teatros con acústica perfecta para disfrutar composiciones y conciertos. También existen restaurantes donde se ofrecen sabores sutiles que despiertan sensaciones desconocidas. Hasta se han agregado dos nuevos gustos a los tradicionales: dulce, salado, ácido y amargo. El umami, que se usa para designar la sensación de algo sabroso, profundo, duradero en la boca y se percibe en tomates maduros o en salsa, en algunos hongos, en las anchoas. El otro, es el kokumi, que se refiere a algo con cuerpo, algo que da sensación de plenitud en la boca, está en el queso curado, en la salsa de soja, en caldos de huesos, en el ajo y cebolla cocinados.
Sin embargo no hay espacios donde el sentido “homenajeado” sea el olfato. El olor a los zapatos nuevos, al libro recién comprado, a fugazzeta casera, a jazmines en diciembre, el asado cuando se está por entrar a una casa un domingo de festejo, el aserrín con querosén cuando se barre el patio escolar, el olor a mar… Todo eso, no tiene lugar en el arte.
Volvamos a la ferretería. Las herramientas están llenas de encanto, quizá porque se representa al destornillador como adherido a la mano de alguien querido, el martillo chiquito imantado, la llave inglesa o francesa, cada cosa lleva a un momento, a una situación, a cubrir una necesidad. Y el empecinamiento por la perfección, porque todo salga siempre al cien por cien, hace que se elija como producto favorito aquel que hace que todo gire, que todo fluya, que nada se atasque y que siempre, en toda ocasión, todo –esa manía de la totalidad- funcione.
Pero a veces es necesario ir a comprar a la ferretería algo simple y sencillo como un puñado de clavos, un niple para añadir una manguera rota, regatones para que las patas de las sillas se afirmen bien y no rayen el suelo y, en alguna ocasión, en pleno invierno, se hace necesario reponer ese aceite que huele a verano.
