Sacar la cuenta es fácil, hace 44 años estábamos en el 82, en plena guerra de Malvinas. Cuando se piensa en Malvinas, inmediatamente- si es que se tiene edad para recordar ese hecho – se viene a la cabeza la imagen de las islas, el dibujo. Aparece en remeras, gorritas, buzos, toallones, mates, banderas y un sinfín de objetos. Sin embargo, si nos preguntáramos, ¿cuántos de nosotros sabría ubicar en ese mapa Puerto Argentino? muy pocos y, la mayoría, pensaría que la capital se encuentra en la isla Gran Malvina, la que está más cerquita del continente, sin embargo la capital está en la isla Soledad, bien al este, de cara al Atlántico abierto, profundo, frío. Lo mismo ocurre con el cementerio de Darwin que habremos visto en fotos muchísimas veces. Era otoño, sí, pero al recordar esos días, la memoria lleva al frío que se sentía, quizá era miedo, desazón, inquietud…sensaciones, sentimientos que ocupaban el corazón en ese momento. También, todo hay que decirlo, hubo unos primeros días de euforia, como si nos hubiera atrapado un espíritu de festejo, una sensación de reivindicación y la gente se agolpó en las calles de las ciudades agitando banderas celestes y blancas. Este comentario viene a cuento porque leí los libros de Eduardo Sacheri: Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros, dos novelas que tratan sobre la guerra de Malvinas. En realidad iba a ser un solo libro, explicó el autor, que sucediera en Buenos Aires y en las islas, pero se encontró con que se le hacía imposible conciliar las dos locaciones, eran dos mundos demasiado lejanos. Por eso escribió las dos historias que, suceden al mismo tiempo, de hecho hay algunas escenas que se leen en uno y otro libro pero cambiando el punto de focalización de quien cuenta. Se narra desde lo que se vivía en Buenos Aires en Demasiado lejos, y lo que vivían los soldados, en Qué quedará de nosotros.
El artículo de hoy es un poco diferente, está cargado de un espíritu distinto al costumbrista que suele tener, pero pasa que participé de una charla con el escritor, entre el público había un veterano de Malvinas y todo eso me dejó el sabor de lo que todavía debe ser hablado, entendido, sentido. La charla -poca gente, un lugar bastante reducido- fluyó de manera amable y emotiva por momentos. Ese marco invitaba a la conversación franca, de ida y vuelta. Hablando sobre un personaje, Cullen, que hace cuentas todo el tiempo, que calcula distancias, cantidades, de una manera casi deportiva, Sacheri dijo que él mismo es de hacer cálculos de ese estilo. Cullen arma una especie de maqueta con las mesas del bar, con la azucarera, con el servilletero y descubre que las fuerzas inglesas estaban muy muy cerca, rodeando a las posiciones argentinas cuando en la tele nos decían que estábamos ganando. Otro personaje, el Teniente Quinteros, que aparece en la novela que sucede en las islas, es una buena persona, buen líder, sabe guiar y apoyar a su tropa, un hombre joven que parece mayor, serio y consciente. En medio de una historia tan dura, ese personaje es un respiro para quien lee, sin embargo, contó que recibió cierta reprobación. Hubo gente a la que le pareció mal que apareciera un personaje militar de carrera y que fuera buena gente. A veces se prefieren posiciones maniqueas también en la ficción. Es una gran cosa conocer la historia con matices, que no sea todo blanco o negro, que podamos mirarnos con honestidad, eso hace que los personajes tengan carnadura y una novela así apela a la sensibilidad, se acerca a lo humano y se aleja de los slogans.
Párrafo aparte merece la participación del veterano que contó que no se bañó en 71 días y que cuando se vio abriendo una ducha en el cuartel, su primer pensamiento fue que podía salir gas, sus abuelos habían venido a la Argentina escapando del nazismo y la memoria de su familia se le hizo carne en ese instante estando tan lejos, en otra guerra.
Lo difícil, lo triste, la dureza de toda esa historia dejó espacio para la sonrisa, pera los comentarios de fútbol y darnos cuenta de que la canción Muchachos- que en diciembre de 2022 estuvo por semanas en la cabeza de cada argentino- nombra a los ídolos Maradona y Messi, pero también a los pibes de Malvinas que jamás olvidaré.
La historia sigue ocurriendo, libros como estos hacen que la memoria no se borre, que las cosas que nos sucedieron no queden nunca Demasiado lejos y que quede el recuerdo y el honor para esos soldados, esos veteranos que alguna vez se preguntaron Qué quedará de nosotros. Aunque sigan pasando los otoños.
